Cerrojo de unanimidad

Juan M. Negrete

Tenía que ser. Si ya se habían puesto de acuerdo en el senado todas las fuerzas políticas que trafican por el país para aprobar, por unanimidad, la creación de la guardia nacional, lo siguiente iba a ser mero trámite. En el jaloneo senatorial ocurrió la sorpresa. Hasta se especuló sobre su rechazo si toda la oposición se mantenía firme. Pero como quedó bien registrado en su momento, un grupo minúsculo de oposición (el del PRD) se fracturó y al resto de los opositores ya no le quedó aliento para mantener la parada y seguir resistiendo.

Suele ocurrir así en todos los parlamentos. Son usuales los arreglos. Se dan porque los actores mantienen visiones encontradas. No es extraño que se debata un asunto hasta el cansancio. Al final se impone la visión mayoritaria. Los opositores la aceptan. Ésta cede un poco, obteniendo alguna partida de concesiones y desentrampa los trabucos. O bien ambas partidas se aferran a sus posiciones y lo decide la numeralia, como se venga. Lo importante es no mantener paralizado el trabajo legislativo. Y a otra cosa, mariposa.

Lo sorpresivo aquí vino a ser la votación unánime a favor de crear la guardia nacional. En el senado no hubo un solo voto en contra. Eso sí, ambos bloques buscaron colgarse la medallita. El dato palmario vino a ser que la iniciativa pasó la aduana sin ningún voto en contra. Todos a una, como en Fuenteovejuna. Y tal partida debe quedar bien registrada en los anales de nuestra historia.

Era un tanto obvio que el comportamiento de los diputados arrojaría un resultado similar. Aunque se volvió a especular que en esa segunda instancia podría registrarse alguna enmienda, alguna corrección, algún ajuste textual, la verdad fue que no se cortó el vuelo con que arrancó en el senado. Y si bien se registró un voto en contra, de un universo de medio millar de votantes, ese voto solitario no significa oposición de cuenta. Como dicen los matemáticos, es una fracción que puede tenerse por despreciable, guardando la diferencia.

En este mismo espacio adelantamos que el trámite ulterior, o sea su aprobación por una mayoría simple de las legislaturas estatales, sería también salvado sin tropiezo. 32 estados componen nuestra federación. Con 17 pronunciados a favor se consigue el resultado positivo. Nos atrevimos a pronosticar que se alcanzaría tal número por ver que en la elección del primero de julio los morenos se hicieron del control de al menos 19 legislaturas estatales. Era lógico esperar su resultado a favor. Un mero trámite.

Así fue. Pero otra vez, como en el momento senatorial, los números muestran elementos para la sorpresa. Y más nos vale que le empecemos a buscar sus fondos reales. Para el día de hoy la aprobaron ya 28 estados. Faltan cuatro. Dice Martí Batres que se espera la votación a favor también de las cuatro aduanas que faltan. Así no acertara en su pronóstico estamos de nuevo ante una tercera manifestación de unanimidad. De hecho ya deben trabajar en la siguiente etapa, que consiste en la promulgación de sus reglamentos o leyes adjetivas. Otros les llaman secundarias, pero es lo mismo. Lo estatuido les da sesenta días naturales, dos meses, para su implementación. Y de ahí, a su ejercicio. Los pasos legales marcan esos derroteros y por tales sendas se transitará.

En este espacio damos seguimiento a tan singular comportamiento legislativo. Nos llama sobremanera la atención esta unanimidad manifestada. De pronto hubo muchas voces que se ocuparon de lo novedoso del caso, aunque ya luego la batahola de notas y ruidos concomitantes hizo que se diluyera. No es dato menor. Y vamos a tener que retomarlo más adelante, porque arroja luz en torno al comportamiento de nuestros representantes populares.

Si la memoria no nos traiciona, en nuestra historia atrás sólo había habido un caso de aprobación unánime. Se trata del artículo 27° constitucional en las álgidas sesiones de Querétaro en 1916 – 1917. Pero no entremos a estas minucias. De lo reciente, hace seis años vivimos el triste espectáculo del llamado Pacto por México, que consistió en la dilución de la oposición de la izquierda. El PRI y el PAN ya venían trabajando de consuno desde antes. Faltaba que el PRD se plegara a esta línea que se proponía derogar lo estatuido por los constituyentes del 17. Y lo hicieron. Pero nunca hubo, en sus muchas sesiones camerales, ninguna votación unánime.

De aquí la extrañeza del comportamiento legislativo actual. Se supone que los votos en contra, que se emitían en los procesos de las reformas estructurales, pertenecían a quienes ahora enarbolan la bandera morena. Es de hacerse notar pues que las propuestas de los morenos, o al menos éste de la guardia nacional, recibiera también un trato con disentimientos. Hay analistas que consignan que la voluntad de los que se oponían fue reducida por la vía del dinero; que les llegaron al precio a los ocho legisladores perredistas disidentes. Pero ¿Cómo se justifica lo unánime de la votación del resto de los opositores implicados?

Otros ensayan a atribuir la razón al bono democrático, bien aprovechado por AMLO. Vive éste sus cien días de gracia con el público. Suele darse al período el gracioso nombre de ‘luna de miel’. Casi cuanto promueven en este lapso los políticos beneficiados sale a su gusto y antojo. Pasado el primer tramo empiezan los tropiezos y los jaloneos. ¿Explica de veras este sentido acrítico de las masas la unanimidad ciega de nuestros legisladores? ¿No es extraña tratándose de algo que poco a poco se nos ha ido volviendo traumático: la exacerbación de la violencia de unos contra otros? ¿Dónde hay que poner la imagen del ser bondadoso y pacífico del mexicano? Algo tendrá que salir a la luz. Y pronto.

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