Complicaciones cubanas

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Complicaciones cubanas

Juan M. Negrete

La fecha del 26 de julio en Cuba es emblemática. Entendían ellos que ya gozaban de su independencia cuando lograron zafarse de los controles coloniales de la corona de España. Pero ésta era meramente formal. Los nuevos dueños del país eran los gringos, quienes ejercían el control con prestanombres, triste papel que desempeñan dictadores y gobiernos títeres en nuestros países latinoamericanos. El día 26 de julio de 1953, un puñado de jóvenes encabezados por Fidel, se levantó en armas. Atacaron el cuartel Moncada. No fue acción exitosa. Les expulsaron del país. Fidel, junto con otros combatientes, vino a dar a nuestro país. Aquí se preparó, se organizó para regresar de nuevo. Finalmente logró el triunfo y echó del poder a Fulgencio Batista, el dictador.

Los cubanos conmemoran la fecha como día de su independencia. Es su 16 de septiembre, más o menos. Curiosamente, la algarada de nuestro 68 arrancó precisamente con una manifestación que los jóvenes izquierdistas mexicanos hicieron el 26 de julio de aquel año, justo para mostrarse solidarios con la revolución cubana. Pues bien. La fecha significa mucho para la historia de la isla. No es secreto alguno que la persistencia de tal recuerdo se atiza desde las esferas del poder constituido. Los desfiles y la salida a las calles gozan no sólo de la bendición sino del apoyo de las autoridades.

Pero el tiempo, como es natural, ha venido acumulando en esto y en muchos otros campos, variantes de nota que habrá que consignar. Una de ellas es la ‘promesa’ de la disidencia interna cubana de montar para ese día megamarchas y salidas a la calle a pronunciarse y darle a conocer al mundo la inconformidad subida de tono de sus pechos. Como no somos profetas, no sabemos si ocurrirá así, como lo anuncian los organizadores, o si les comerán el mandado los organizadores oficiales de las manifestaciones públicas. Faltan dos días para la fecha. Lo sabremos. No hay que comer ansias.

Es novedoso lo que ocurre en la isla. La semana pasada hicimos mención de que esta movilización opositora se inscribe en lo que ahora se da en denominar como golpes suaves, revoluciones de colores o de terciopelo, revoluciones digitales, lowfare y otros vocablos más. Por nombres no paramos. Los hay para dar y prestar. Lo significativo tiene que ser que aprendamos a leer con ojos propios lo que tenemos enfrente y que sepamos darle dirección a los contenidos de lo que vamos percibiendo.

Pero hay que resaltar que, aunque digamos que se trate de un nuevo formato de invasión, no se ven otra vez paradas militares, ni se viven amenazas de golpes castrenses. No es una movilización cruenta a la que se está instigando. Es cierto que hay descocados que piden la intervención militar a gritos. Como ejemplo mentaríamos a un alcalde anticastrista de Miami, quien suscribió tal burrada. No vale la pena ni repetir su nombre, pues no va por ahí la cuestión.

Cuba ha mantenido a la brava, porque así eran las condiciones en décadas pasadas, la soberanía de su estado nacional. No tenía por qué no recibir el beneplácito de sus congéneres. Sin embargo, sus países vecinos, empezando por el furibundo gringo, no sólo no ha reconocido tal derecho suyo a su autodeterminación, sino que la fustiga cuanto puede para hacerla zozobrar. La valentía cubana frente a tamaña hostilidad yanqui es la que le ha ganado el aprecio y el aplauso de muchos en todo mundo y por mucho tiempo.

Pero tales aplausos deben morigerarse cuando ya se revisan otros renglones del funcionamiento del país. Se entiende que vivan una austeridad plana y universal, en la que juega su rol el embargo gringo. Pero le resulta muy complicado y hasta insufrible al cubano medio tener que estar pasando todos los días su vida con apagones, con largas filas para obtener satisfactores, con racionamientos en los artículos de primera necesidad, con el desbarajuste de sus monedas corrientes y más cosas.

Habían hallado en los años pasados un espacio de ingresos que les daba arriba de la rodilla, con la explotación del turismo. A partir de tales ingresos había derramas positivas para la población. Pero esta bonanza vino a ser frenada muy duramente con la implosión de la pandemia. Lograron los cubanos ya destilar sus propias vacunas contra el coronavirus; pero no las pueden aplicar masivamente por falta de jeringas. O sea, no está el horno isleño para bollos triunfalistas. Hay demasiados frentes de inconformidad y la capacidad de las autoridades para dar una respuesta satisfactoria puede írseles de las manos.

Hay que registrar también el manejo de los accesos a los medios y el empleo masivo de la tecnología digital. La capacidad económica de la isla no genera dividendos suficientes como para facilitar recursos y desparramarlos en este rubro a favor de los habitantes. De ahí que, aparte de las carencias, las restricciones que se le hagan al público en tales pistas deriven en inconformidades que se vuelvan masivas y salgan a las calles a manifestarlas.

Los ordenadores y centros de operatividad digital dependen de empresas trasnacionales muy poderosas, a las que no se les nota mucho afecto por lo que signifique este espacio arcaico de soberanía. No será raro ver que también busquen dinamitarlo, así no ganen gran cosa con la partida. No se distinguen por ser hermanitas de la caridad. Estaremos pendientes de lo que siga. La zambra caribeña apenas inicia este nuevo capítulo.

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