Cuando la oficina cabe en WhatsApp, ¿por qué descansar empieza a sentirse como irresponsabilidad?

Antes, salir de la oficina significaba algo bastante sencillo: apagar la computadora, guardar las cosas, cerrar una puerta y regresar a casa. El trabajo se quedaba, al menos físicamente, en otro lugar. Hoy podemos salir del edificio, subirnos al carro, llegar a casa, quitarnos los zapatos, sentarnos a cenar y, aun así, seguir dentro de la oficina. Basta una vibración en el teléfono. Un mensaje de WhatsApp. “¿Podés revisar esto?”. “Solo una consulta rápida”. “Cuando podás, me confirmas”. Y aunque nadie escriba literalmente contéstame ahora, muchas veces sentimos que eso es exactamente lo que se espera.

Ahí es donde me surge una pregunta que parece sencilla, pero que cada vez cuesta más responder: ¿a qué hora termina realmente nuestra jornada laboral? ¿Termina cuando marca el horario establecido o cuando dejan de llegar mensajes? ¿Y qué pasa cuando esos mensajes nunca dejan de llegar?

WhatsApp nació como una herramienta para comunicarnos, pero para muchas personas también se convirtió en una extensión de la oficina. En el mismo teléfono donde hablamos con nuestra familia, enviamos memes, miramos estados o conversamos con nuestras amistades, aparecen instrucciones, documentos, pendientes, correcciones, reuniones y urgencias laborales. Ya no necesitamos estar frente a un escritorio para sentir que seguimos trabajando. La oficina ahora cabe en el bolsillo. Y quizás el problema no es que quepa allí, sino que la llevamos con nosotros a todas partes.

Un mensaje a las ocho de la noche puede tardar diez segundos en leerse, pero ¿realmente ocupa solamente diez segundos de nuestra vida? Tal vez estábamos cenando. Tal vez viendo una película. Tal vez conversando con alguien. Tal vez intentando descansar después de un día complicado. Leemos el mensaje y, aunque decidamos no responder, el trabajo ya entró en nuestra cabeza. Empezamos a pensar en la respuesta, en lo que tendremos que hacer mañana, en si aquello era urgente, en si deberíamos levantarnos a resolverlo. El teléfono puede volver a quedar sobre la mesa, pero el mensaje se queda con nosotros.

Y entonces aparece otra pregunta incómoda: ¿estar disponible se convirtió en una forma de demostrar compromiso laboral?

Porque existe una diferencia entre trabajar responsablemente y estar permanentemente disponible. Sin embargo, cada vez parece más difícil distinguir una cosa de la otra. Quien responde inmediatamente puede ser visto como comprometido, eficiente o dispuesto. Quien responde hasta el día siguiente puede comenzar a preguntarse si parecerá irresponsable. ¿En qué momento descansar empezó a producir culpa? ¿Por qué tenemos que justificar que no contestamos un mensaje laboral enviado fuera de nuestra jornada? ¿Por qué decir “lo revisaré mañana” puede sentirse casi como un acto de rebeldía?

También hemos normalizado una frase aparentemente inocente: “Te lo mando ahorita para que lo veas mañana”. Pero si realmente es para mañana, ¿por qué enviarlo a las diez de la noche? Quien lo recibe ya vio la notificación. Ya leyó parte del mensaje en la pantalla. Ya sabe que existe un pendiente nuevo. Quizás no abrió WhatsApp, pero mentalmente ya regresó al trabajo. Entonces vale la pena preguntarnos si respetar el descanso consiste solamente en no exigir una respuesta inmediata o si también implica aprender a no invadir innecesariamente el tiempo de los demás.

Y hay otra práctica que también deberíamos cuestionarnos: convertir a nuestros compañeros de trabajo en una especie de buscador disponible las veinticuatro horas. Mandamos un mensaje, luego otro, después un audio, otra pregunta y finalmente un “¿estás ahí?”. Preguntamos cómo se hace algo, dónde está determinado archivo, qué procedimiento debemos seguir o qué decisión tomar. Y muchas veces ocurre algo todavía más contradictorio: en el fondo ya sabemos la respuesta.

Sabemos qué tenemos que hacer. Tenemos la información. Incluso podríamos resolverlo solos. Pero pensamos: “mejor le pregunto a quien sabe”, “mejor que me confirme”, “mejor le consulto antes de hacerlo”. Y entonces trasladamos nuestra inseguridad a otra persona. Lo que para nosotros es una pregunta de treinta segundos puede significar para nuestro compañero interrumpir una cena, dejar una conversación, mirar nuevamente el teléfono o volver mentalmente a un problema laboral que ya había dejado atrás.

Y si no responde, mandamos otro mensaje.

¿Por qué sentimos que saber más sobre determinado tema convierte a una persona en responsable permanente de nuestras dudas? ¿Por qué quien tiene más experiencia termina siendo el WhatsApp de consulta del equipo incluso después de terminar su jornada? ¿Estamos preguntando porque realmente necesitamos ayuda o porque resulta más cómodo preguntar que detenernos, pensar, revisar y tomar una decisión por nosotros mismos?

Esto también tiene que ver con la autonomía en el trabajo. Consultar no está mal. Pedir ayuda tampoco. Trabajar en equipo implica precisamente compartir conocimientos. El problema aparece cuando consultar sustituye nuestra propia capacidad de resolver. Si tengo la respuesta, si conozco el procedimiento y si puedo hacerlo, ¿por qué necesito que otra persona valide cada paso? ¿Es responsabilidad? ¿Es miedo a equivocarme? ¿Es costumbre? ¿O hemos creado ambientes laborales donde nadie quiere tomar una decisión sin tener un mensaje que diga “sí, hacelo”?

Porque también existe una carga invisible para la persona que siempre sabe. Esa persona a la que todos recurren. La que conoce el sistema, recuerda los procedimientos, encuentra los documentos, resuelve los problemas y contesta las preguntas. Puede terminar su jornada, pero el conocimiento que posee parece convertirla en una extensión permanente de la oficina. Mientras más sabe, más mensajes recibe. Mientras más responde, más indispensable se vuelve. Y mientras más indispensable se vuelve, menos fácil resulta desconectarse.

Claro que existen trabajos, emergencias y responsabilidades que requieren disponibilidad fuera de determinados horarios. Hay situaciones que verdaderamente no pueden esperar. Pero cuando todo se convierte en urgente, probablemente hemos perdido la capacidad de reconocer qué es realmente una urgencia. ¿Ese documento necesitaba revisarse a las nueve de la noche? ¿Esa pregunta no podía esperar hasta las nueve de la mañana? ¿Era indispensable enviar ese audio un domingo? ¿Necesitábamos realmente preguntarle al compañero o podíamos resolverlo nosotros mismos?

Y aquí también tenemos que mirarnos a nosotros mismos. Porque es muy fácil reclamar nuestro derecho a desconectarnos mientras seguimos escribiéndoles a los demás fuera de su horario. Queremos que respeten nuestro descanso, pero ¿respetamos nosotros el de nuestros compañeros? ¿Nos molesta recibir diez mensajes cuando estamos en casa, pero hacemos exactamente lo mismo cuando somos nosotros quienes necesitamos algo?

El agotamiento digital no siempre se siente como estar ocho horas adicionales trabajando. Puede ser mucho más silencioso. Es la sensación de nunca desconectarse completamente. Es escuchar una notificación y pensar inmediatamente que puede ser algo del trabajo. Es abrir WhatsApp un sábado con cierta tensión. Es sentir que debemos estar localizables porque tenemos un teléfono en la mano. Es descansar físicamente mientras nuestra cabeza continúa repasando pendientes.

Y hay algo particularmente extraño en todo esto: hemos confundido accesibilidad tecnológica con disponibilidad humana. Que alguien pueda recibir un mensaje a cualquier hora no significa que deba atenderlo a cualquier hora. Que aparezca “en línea” tampoco significa que esté disponible para trabajar. Puede estar hablando con su madre, viendo un estado, respondiendo un mensaje personal o simplemente usando su teléfono. Estar conectado no significa estar trabajando.

Por eso creo que hablar del derecho a desconectarnos no debería entenderse como una discusión sobre trabajar menos o ser menos responsables. Al contrario. Se trata de reconocer que una persona necesita momentos en los que simplemente no esté trabajando. Tiempo para dormir, comer, salir, leer, compartir, aburrirse, estar con su familia o simplemente mirar el techo sin tener que sentirse disponible para nadie relacionado con su empleo.

También deberíamos preguntarnos qué cultura laboral estamos construyendo cuando premiamos a quien siempre contesta. Porque detrás de esa disponibilidad puede haber cansancio, ansiedad, miedo a decir que no o la sensación de que poner límites tendrá consecuencias. ¿Queremos personas comprometidas con su trabajo o personas incapaces de separarse de él?

Quizás necesitamos recuperar algo que parecía obvio antes de que el teléfono se convirtiera en oficina: el descanso también necesita límites protegidos. Así como existe una hora para comenzar, debería existir una hora en la que podamos decir: hasta aquí. Mañana continúa.

Y esto no solamente corresponde a quienes dirigen equipos. También nos corresponde preguntarnos qué hacemos nosotros con el tiempo de los demás. Antes de enviar ese mensaje podríamos hacernos tres preguntas: ¿esto necesita resolverse ahora?, ¿puede esperar hasta mañana?, ¿realmente necesito preguntarlo o puedo resolverlo yo?

Tal vez algunas conversaciones de WhatsApp terminarían antes de comenzar.

Tal vez algunos compañeros podrían descansar sin convertirse en nuestro soporte técnico, nuestra memoria institucional o nuestra fuente permanente de respuestas.

Tal vez también aprenderíamos algo importante: trabajar en equipo no significa depender de los demás para cada decisión, y saber que alguien puede ayudarnos no significa que tengamos derecho a disponer de su tiempo a cualquier hora.

Quizás el problema nunca fue WhatsApp. El problema es haber permitido que la posibilidad de comunicarnos permanentemente se transforme en la expectativa de estar permanentemente disponibles.

Por eso, cuando termina la jornada y llega ese último mensaje —o el que creemos que será el último—, quizá deberíamos hacernos una pregunta todavía más personal: ¿cuándo fue la última vez que terminamos de trabajar y realmente sentimos que habíamos terminado?

Porque salir de la oficina ya no siempre significa salir del trabajo.

Y si la oficina ahora cabe en WhatsApp, tendremos que aprender a hacer algo que ninguna aplicación puede hacer por nosotros: ponerle una puerta, establecer un horario y, de vez en cuando, cerrarla.

Hombre trans, defensor de derechos humanos e ingeniero infieri en Informática y Electrónica. Cuenta con experiencia en el desarrollo y aplicación de tecnologías con enfoque de género, así como en la gestión y análisis de bases de datos orientadas a la identificación de patrones de violencia. Actualmente coordina el Observatorio de Violencia Social y de Género de la Red Lésbica Cattrachas, donde se desempeña como analista de muertes violentas de personas LGBTTI y de niñas, adolescentes y mujeres, además de realizar el seguimiento y monitoreo sistemático de noticias en medios digitales. De manera paralela, ejerce funciones como técnico en tecnología dentro de la misma organización.
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