Fatídico septiembre

Fatídico septiembre

Juan M. Negrete

No deberíamos señalar con este calificativo a ningún mes en especial. Ninguno posee la exclusiva de la espeluznante presencia de la muerte. Los eventos terribles ocurren en cualquier día del año. Pero hablemos de lo vivido en septiembre.

Cada año los mexicanos le dedicamos nuestra atención a los desfiles y procesiones ligados con los festejos de nuestra gesta de independencia. Ahora fijamos la atención con celebraciones. Pero tendríamos que introducir al ajo los once años de desgracias, batallas, persecuciones y muerte que sufrieron nuestros próceres para conseguir su meta. Tal vez para distinguir a los viejos españoles de los contemporáneos, a aquellos les apodamos gachupines. De los que regían a sus colonias de ultramar a los actuales, que no se la acaban también con miles de dificultades y desgracias como nosotros, hay buena distancica. Con estos sambenitos pensamos establecer bien la diferencia.

Nos vamos acostumbrando,por ejemplo, a que el 19 la tierra se ponga a temblar y nosotros a correr espantados. ¿Quién le pone fecha a los sismos? Es mera contingencia, pero ya la vamos dando por un hecho. Pero de estos días, a los que calificamos como fatídicos, hay que resaltar dos. Uno fue el asalto criminal del palacio de la Moneda en Chile. El otro, la destrucción de las torres gemelas en Nueva York. Del golpe de estado que le aplicaron los militares chilenos a su presidente Salvador Allende, se cumplieron ayer 53 años. De los avionazos en Nueva York se ha recorrido apenas el tramo de 25 años. Ambos acontecimientos estremecieron nuestra atención y no será fácil la tarea de tirarlos al olvido, como lo aconsejan muchos.

El gobierno de Salvador Allende se significaba en sus días como un régimen fuera de serie. Había llegado un socialista al poder a través del dictamen de las urnas, o sea, por la vía pacífica. Esta es una variable a imitar, porque para conseguir establecer en un país las premisas del socialismo, hasta esa fecha, se había recurrido al expediente de la lucha armada, la cual es vía cruenta y dolorosa, aquí y en China.

Los detalles de aquellas batallas electorales venían a ser una lección universal. Era prueba contundente de que los pueblos de la tierra podían recurrir a este expediente civilizado para elegir formatos de clave socialista, comunista o de izquierda, sin que se implantaran los métodos violentos de las armas. No sólo nos mostraba a un país hermano, Chile, como más que avanzado en las tareas de la democracia, sino que le servía de guía a todos los luchadores sociales del tercer mundo de que era posible transitar la alternancia de esta manera.

El cuartelazo del pinochetismo, en contra de un gobierno elegido democráticamente por el pueblo chileno, ocurrió hace 53 años. Suponíamos que las raíces militarizadas y demagógicas de aquellos días sombríos ya habían sido demolidas y soterradas. Pero vino a ser una sorpresa enorme que el actual presidente chileno no haya tomado esta bandera histórica, aunque fuera como mera memoria, como mero protocolo. Mucho menos que se hubiera esforzado por enfrentar a algunos nacionales que decidieron salir a las calles a pronunciarse a favor de estos hechos heroicos. Reivindicar al dictador Pinochet en la fecha misma de la comisión de su mayor atrocidad, es befa que clama al cielo y a la que no se le puede pasar de largo. Ya veremos cómo reaccionan los chilenos actuales a la ignominia presente.

Lo de la destrucción de las torres gemelas cumple apenas el tramo de lo que duran nuestras bodas de plata. 25 años son la tasa de duración de una generación, dicen muchos medidores de estadísticas enterados. La generación presente tiene a la mano elementos suficientes para hacer lo que hacemos todos con nuestros materiales vitales: irlos arrinconando suavemente hasta ocultarlos debajo de la alfombra.

Pero hay algunos elementos a los que habría que recurrir para desempolvar tal acontecimiento y meterle las tijeras, ya blandidas, pero no bien digeridas por nuestras grandes mayorías. Nos referimos concretamente a la versión crítica o negacionista que acuñó sobre el escándalo mediático de estos hechos, publicada con el nombre de La gran impostura. Su autor se llama Thierry Meyssan y el texto conoció ya la traducción a 28 idiomas. Es una obra muy extendida, muy citada, pero no logró incidir con su planteamientos críticos en el ánimo de la opinión mundial, que sigue rigiéndose por la versión oficial, que sostuvo y sigue sosteniendo el gobierno gringo.

A la par de los dos aviones que se estrrellaron en las torres gemelas, se habló de otro avionazo, que alcanzó al edificio del Pentágono. Para este hecho, el mismo autor escribió otro texto: Le pentagate. En él afirma que lo que alcanzó al edificio del Pentágono fue un misil y no un avión. Da por imposible que los sistemas de intercepción aérea no hayan tenido tiempo de intervenir. Cuestiona también que los sistemas automáticos de defensa antiaérea del Pentágono no hayan sido accionados.

Para que el avión hubiese llegado a ese destino, su trayectoria debio haber avanzado a ras del suelo a lo largo de 500 kms. No se encontraron restos del aparato, ni los reactores en el exterior de dicho edificio. Los bomberos no dieron razón de ningún elemento relacionado con un Boeing y muchas otras incoherencias de este estilo.  Las inconsistencias y posibles mentiras técnicas en torno al derrumbe de los edificios de las torres gemelas resultan mucho peor de complicadas, para una explicación coherente. Pero insistimos pues en que estas críticas no permearon en las multitudes. Muchos nos hemos siguido quedando con el sabor gringo a mentira mal estructurada pero agobiadoramente difundida. Y así seguimos.

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