Cuauhtémoc, se nos fue / II
Juan M. Negrete
El PPS y el PARM convirtieron a Cuauhtémoc en su candidato oficial. Al paso de los meses, todos los partidos minúsculos de la izquierda hicieron lo propio. El PST (partido socialista de los trabajadores) realizó una jugarreta oportunista al colmo: cambió su nombre y lo adecuó al nombre del candidato: partido del frente cardenista de reconstrucción nacional (PFCRN). El PRT (eran los trostkistas) no llegaron a tal nivel acomodaticio, pero también se sumaron a la campaña.
El PSUM, que era nuestro antiguo partido comunista, había hecho también algunas modificaciones en su estampa pública. Había logrado por fin convencer a una serie de partidos minúsculos, siempre de izquierda, y los había aglutinado en una sola corriente de trabajo. Eran dos las vertientes más importantes: la propia del PSUM (que éramos los viejos comunistas), y otro que se llamó PMT (partido mexicano de los trabajadores). Decidimos nuclearnos en uno nuevo que tuviera otro nombre, para no confundir al electorado. Ahora se llamaría PMS: partido mexicano socialista.
No es fácil borrar estas vertientes y menos cuando los intereses particulares de muchos grupos se confrontan entre sí por pequeñeces. Llevábamos casi una década buscándole salida a una conjunción atractiva, para convertir nuestra presencia en un partido de masas y no en grupos testimoniales, sin fuerza, de mero membrete. Parecía que poco a poco alcanzábamos dicha meta. Seguía pareciéndonos lejano arrebatarles el poder a los señores del capital, aunque se hubieran dividido. Nos parecía que ellos pronto podrían volver a ponerse de acuerdo. Así que desechábamos, por imposible, cualquier acercamiento con la ‘corriente democrática’ del PRI.
Nosotros, en el nuevo PMS, traíamos dos candidatos firmes. Uno era el poeta Heraclio Zepeda, del viejo PCM. El otro era un respetado ingeniero de nombre Heberto Castillo, proveniente del PMT. Teníamos que zanjar las diferencias y elegir por uno solo de ellos. Dividirnos de nuevo aparecía como un suicidio. Finalmente nos decidimos por el ingeniero Heberto. Ya con él, salimos a las calles a tremolar nuestras propuestas, que eran de una rojez fuera de duda. Lo que nos esperaba en las calles nos desarmó. De inmediato palpamos que el grueso de las simpatías de la población corría por el hijo del general Cárdenas. Todo mundo nos pedía que nos sumáramos a la campaña popular. Se presagiaba el triunfo.
Faltando un mes para las elecciones, dimos este paso tan solicitado. Como éramos demasiados los partidos coaligados en torno a tan popular candidato, propusimos izar un solo emblema para que el electorado no se confundiera. El ingeniero Cuauhtémoc fue arropado por cinco o más partidos: El PARM, el PPS, el PFCRN, el PMS y la corriente democrática del PRI. Si me falta alguno, pido disculpas. Le pusimos nombre a este esfuerzo de unidad. Terminó tomando el nombre de Frente Democrático Nacional (FDN). Así nos fuimos a las urnas el seis de julio de 1988.
Por el PRI, dijimos, fue candidato Carlos Salinas de Gortari, el tecnócrata. Por el PAN, un reaccionario mayor, Manuel J. Clouthier. No olvidemos que este partido había jugado todo el tiempo como la única oposición al sistema. Su persistencia le había acarreado fuertes simpatías, sobre todo ahora que se reblandecía en serio el partido monolítico o de estado. En la izquierda no cometimos el error de seis años antes, cuando llegamos dispersos y hasta enfrentados entre nosotros y con nosotros mismos.
Por mi parte cuento que jugué por primera vez una carta electoral. Fui candidato a diputado federal por el séptimo distrito en Jalisco. La zona queda en lo que llamamos ‘los altos de Jalisco’, un área de gente de origen español casi sin cruzas con nuestros naturales, entre los que prima el catolicismo radical como creencia y la simpatía por el PAN, como convicción política. Ni siquiera hallábamos candidato para tal distrito, por no tener gente en tal área que pudiera enarbolar nuestras proclamas. Sin mucha esperanza de éxito, decidí entrarle al juego, para aprovechar la agitación y hacer presencia de propaganda con pretexto electoral.
Para hacer notar la diferencia de financiamientos, tiempos y dedicación o inversión de recursos pecuniarios y humanos en estas tareas, contaré algo particular que dé una visión más precisa de lo que narro. Por esas fechas, el secretario de la preparatoria número siete en la universidad pidió licencia de su puesto, para dedicarse de lleno a la campaña, desde luego a favor del PRI. El distrito 18 de Jalisco, que se extiende hasta la costa del Pacífico, tendría como candidato a diputado federal a un tipo de nombre Ismael Orozco Loreto. Ese señor se llevó de coordinador de su campaña al citado secretario de la preparatoria. Tendrían camionetas a su servicio, un equipo de cerca de diez changos que andarían desatados cubriendo todas las necesidades de la campaña y viáticos suficientes para que no sufrieran por gastos ni tuvieran que poner nada de su bolsa.
Ahí están dos cuadros disímbolos. El candidato a diputado federal por el distrito 18 del PRI traía consigo toda una parafernalia de gente avezada a la chamba electoral, equipo, transporte y dinero suficiente para cubrir cualquier eventualidad. Yo era también candidato a diputado federal por un distrito díscolo a nuestras convicciones. El dinero a disposición lo ponía yo mismo de mi bolsa y de las de los amigos que me quisieran apoyar, más las de algunas simpatías que fuimos despertando entre la población de ese distrito.
[Continuará…]
