El humor de Simona (cuento) / III

El humor de Simona (cuento) / III

Mel Toro

Tercera parte:

La atalaya que escoge el grupo da al costado de la estatua de don Miguel Hidalgo, el padre de la patria. Para no estar pasando el rato en silencio, Pepe Quintero toma el micrófono, sin subir mucho el tono de la voz.

_ Se fijan que todos los contingentes llegaron muy ordenados y calladitos. Me recuerdan la disciplina a la que nos sometía siempre la maestra Simona. Porque era dura, ella…

_ Ni me la recuerdes – hila el muelón del Pedro -. No sé ni cómo nos le escapamos giritos a sus filos. Cortaba por donde la tocaras. A todos. Y siempre nos daba carrilla.

_ Ni digas – le ataja el Chepe -. A ti era a uno de los pocos, a los que no cuereaba. Le tendría miedo a tu padre. O tal vez a tu abuelo, don Carmen, que era tan duro como ella.

_ Ya no le buigan más ahorita – les convida a cortar sus recuerdos Quintero -. Al rato le seguimos. Ya van a empezar los discursos.

_ A ver si no nos salen – cierra el Chuy -, con el que nos contó la seño Simona, precisamente. Dizque Ramón Acosta le gritó a los formados, refiriéndose al padre Hidalgo, cuya estatua tenía a sus espaldas: Si no fuera por el de atrás, ¿qué haríamos?

_ Sí. Y que un gracioso le respondió: Ya hubiéramos tronado, Ramón.

La hilaridad se desata  de entre el grupo y de algunos cercanos. Pero de inmediato se ponen todos seriecitos. La ceremonia va a dar inicio. El ambiente es festivo. El público se pone solemne para escuchar las palabras escogidas, que no serán sermón pero casi, de los organizadores del desfile. Tras el discurso oficial se dará el banderazo de la fiesta juvenil, con la que se conmemora un aniversario más de la revolución.

El encargado de dar el discurso oficial viene siendo el profe Jesús Vera, compañero de la chorcha. Divisa desde lejos a sus viejos amigos y les hace una mueca como de saludo. Éstos la toman como aviso de que, en cuanto se desocupe, se integrará al corrillo.

Vera fue siempre buen alumno, muy destacado en todas las áreas. Era la razón por la que la seño Simona lo escogía como orador oficial y director general de los desfiles. De entre las distintas escuelas surgían otras propuestas. Pero la lección era siempre la misma. El encargado oficial venía siendo aquel al que la seño elegía. Nadie se animaba a contradecirla. Acostumbrados a esta dinámica, se tornó en su inercia.

Vera sabe que no habrá de soltar parrafadas sin sentido al final del desfile. Hoy no se rememora a los héroes patrios. Lo que predominó en las marchas vinieron a ser los malabares y los ejercicios gimnásticos. La competencia entre las distintas escuelas viró por ese lado. Lo que le arrebató atención y aplausos a granel de los espectadores en las banquetas fueron las bastoneras de la secundaria.

Tenía que ser así. Son niñas quinceañeras casi todas ellas. Escogieron un trajecito blanco, cuya falda corta se atiene a la moda de la minifalda. Al pecho le cruzan unas bandas como si fueran carrilleras bordadas. Pero lo que más destaca de su uniforme es el sombrerito rojo, de copa, con borlas blancas. Las filigranas enmarcan los rostros de las chicas más bellas del poblado. Se fueron robando miradas y suspiros del respetable.

[Continuará…]

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