Elemental

Criterios

No tenemos siempre mucha claridad sobre nuestras limitaciones. Puestos en la picota de ajustar la visión de la realidad, ésta no se ajusta a los anteojos de un solo individuo. En ocasiones no se consigue una visión global atinada ni con participación universal, con diversos puntos de referencia y, por supuesto, la resuelta voluntad de no construir aberraciones, o sea deformar a intención los datos que se consiguen. De ahí la veneración a los cuadros cuantitativos sobre los cualitativos. No que los números nunca mientan, sino que se consigue con ellos mayor exposición de objetividad y manejo productivo.

Estamos viviendo en Latinoamérica situaciones inéditas. En Venezuela, diros forcejeos de golpe de estado. Aquí, el huachicoleo y sus vericuetos. Hablando de los robos a los ductos de Pemex, apareció en RT la opinión de un venezolano que no tiene desperdicio. Dijo, con sus palabras, que sería el sereno, que ellos viven en Venezuela situaciones complejas de fraudes, atracos y más vainas. Así se expresan. Pero que nunca se les había ocurrido andar perforando las tuberías de PDVESA, que es el nombre que le dan a su Pemex. No se trata de meros juicios chovinistas de nacionalismos, sino de verdades de a kilo.

En todo el mundo, la moneda corriente transita por la satanización de nuestros hermanos sudamericanos y no sólo de su presidente Maduro. Es tan profundo y duradero ya este proceso demonizador en su contra, que pareciera que hasta los mismos paisanos se creen las descalificaciones que surgen por borbotones, un día sí y el otro también. Lo asombroso surge, para ellos y para todo mundo, a la hora en que se comparan las verdades de a kilo. Las de ellos, como decía don Quijote, son tortas y pan pintado comparadas con las mexicanas.

Este tipo de desmesuras, que se derivan de extrapolar de manera acrítica, se vive todos los días y en todos lados. Hace muchos años, en mayo de 1993, en el aeropuerto de Guadalajara fue asesinado el cardenal Posadas. De inmediato se soltaron nuestras lenguas flojas a decir quién y quién no había sido. Los autores materiales e intelectuales recorrieron la baraja completa de la maledicencia, que cultivamos con tanto esmero. Recuerdo, como si hoy fuera, que el tenor sostenido más intenso viraba a afirmar que nos estábamos ‘colombianizando’. Claro, como el estereotipo de la violencia, derivada del tráfico de estupefacientes, se le había endilgado a la hermana república de Colombia por aquellas fechas, nadie desechaba la asociación de contagio nuestro con esa aviesa conducta, atribuida sólo a los colombianos.

Por los días, este redactor escribió un articulito en el periódico El Occidental (6/VII/93) que tituló: Colombia, aprendiz de bruja. Decía en él que la tragedia de aquel 24 de mayo nos había despertado de nuestras fantasías oníricas; que un magnicidio de esa naturaleza, como fue la muerte de un cardenal del clero católico, ni a los colombianos se les hubiese ocurrido. Los tropicosos habitantes de Cali y de Medellín vinieron a ser unos pobres aprendices de brujo, comparados con los narcos autóctonos. Por aquellas fechas dormíamos a pierna tendida, porque ni nos imaginábamos siquiera que el monstruo del narco ya había anidado entre nosotros.

Cuando nos sorprendió su presencia a la luz del día, nos apareció con su estela de crímenes y sus inimaginables pasiones desatadas. Manchó, en su surgimiento local, a ciertas universidades y aún al clero. De Colombia jamás nos llegaron cables en los que el narco los involucrara. Posadas era cardenal. Fue la víctima fatal. Pero ¿qué anduvo haciendo en tal danza la UdeG? En la revista Proceso, 844, pág. 9, se revelaron sus vínculos con el narcotráfico, que de inmediato desmintió la rectoría de nuestra máxima casa de estudios, como siempre lo hace. En la tragedia, algunos aparatos telefónicos celulares tuvieron que ver con el dentista, ya finado, Armando Macías Martínez, que era secretario auxiliar de Raúl Padilla. Así que ¿teníamos calidad moral para seguir descalificando a los colombianos como al epítome mismo de la criminalidad descarnada?

Hoy vemos enredada a Venezuela en una situación incómoda, de intensidad neurálgica. El imperio yanqui lanza carta definitoria en contra del régimen que encabeza Maduro. Ha sido tan prolongado y extenuante el proceso de descalificación contra este personaje, que hasta los comentaristas de izquierda, cuando lo mencionan y buscan salvar la situación de la adorable Venezuela, abstraen a Maduro de sus reflexiones, se deslindan de él: Prueba irrefutable que la amarga pócima de la descalificación ha surtido efecto.

Aprovecho este remolino para confrontar a dos lectores, de los millones de comentarios que fluyen de la red, que ilustran estos paralelismos acríticos que realizamos a mansalva. No tiene caso identificarlos pues. Van.

“Se nota que a los de este diario Maburro los mantiene. Acá en COLOMBIA hay miles de venezolanos en las calles mendigando comida, ropa y cualquier moneda para vivir, pero de arriba llega el Castigo, a sus hijos y familiares, ya sentirán el sufrimiento y rigor de la mano de DIOS!” (sic)

“Pues en Venezuela hay centenares de miles de colombianos y viven sin tener que mendigar. Por cierto ¿por qué no se regresan a Colombia, un país tan maravilloso donde se respetan los derechos sociales y los derechos humanos, donde no hay pobres, se respeta la vida y las prisiones están vacías? Por algo será que prefieren quedarse en Venezuela. Y para terminar no hace falta insultar y lanzar exabruptos, con dar argumentos es suficiente y demuestra educación”.

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