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Fratelli Tutti: populismo y liberalismo (II)

Fratelli Tutti: populismo y liberalismo (II)

Desde que la doctrina social de la Iglesia católica se formalizó, por allá en las postrimerías del Siglo XIX, cuando León XIII lanzó la Rerum novarum (De las cosas nuevas) que entra en defensa de los asalariados y de los marginados como una alternativa humana entre la lucha de clases y el capitalismo descarnado, las encíclicas papales de este corte pareciera que han sido adecuadas a cada región del mundo y país de acuerdo con el momento que viven.

Al menos ha sido la interpretación que se da en su momento a cada encíclica sobre la cuestión antropológica, en particular social, económica y hasta política, y Fratelli tutti, del Papa Francisco, de la que Andrés Manuel López Obrador ha hablado positivamente, no es la excepción.

El secreto es simple: entre una y otra carta de esa naturaleza a lo largo del tiempo existe una concatenación que se va adaptando al tiempo y a las circunstancias. Asimismo, el Vaticano cuenta con información constante, gracias tanto a la información de las iglesias locales como a la propia y directa a través de su red de diplomáticos.

Así, por ejemplo, el Papa está informado de la situación de los migrantes en países como África, Asia y América Latina y del porqué se da este fenómeno tan lastimoso, por lo que clama solidaridad para este tipo de marginados y pide que nadie debe ser excluido, sin importar dónde nació y menos a causa de privilegios “que otros poseen porque nacieron en lugares con más posibilidades”, y que los límites y las fronteras “no pueden impedir que esto se cumpla. Así como es inaceptable que alguien “tenga menos derechos por ser mujer” y también es inaceptable que el lugar de nacimiento o de residencia “determine menores posibilidades de vida digna y desarrollo”.

Recuerda que entre globalización y localización, también se produce una tensión, que lo global “nos rescata de la mezquindad casera”. “Cuando la casa ya no es hogar, sino encierro, calabozo, lo global nos va rescatando”, pero que simultáneamente hay que con cordialidad lo local porque hay riquezas humanas, culturales que lo global no posee, entre ellas la subsidiaridad. La solución no es una apertura que renuncia a la propia forma de ser. “Lo universal no debe ser el imperio homogéneo, uniforme y estandarizado”.

“Hay una falsa apertura a lo universal, que procede de la superficialidad vacía de quien no es capaz de penetrar hasta el fondo en su patria, o de quien sobrelleva un resentimiento no resuelto hacia su pueblo. En todo caso, «siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos…

Advierte Francisco que “hay narcisismos localistas que no son un sano amor al propio pueblo y a su cultura. Esconden un espíritu cerrado que, por cierta inseguridad y temor al otro, prefiere crear murallas defensivas para preservarse a sí mismo…, “no es posible ser sanamente local sin una sincera y amable apertura a lo universal, sin dejarse interpelar por lo que sucede en otras partes, sin dejarse enriquecer por otras culturas”. Ese localismo clausura obsesivamente en unas pocas ideas, costumbres y seguridades, incapaz de admiración frente a la multitud de posibilidades y de belleza que ofrece el mundo… Una persona, mientras menos amplitud tenga en su mente y en su corazón, menos podrá interpretar la realidad donde está inmersa… Una sana apertura nunca atenta contra la identidad.

“En los últimos años la expresión ‘populismo’ o ‘populista’ ha invadido los medios de comunicación y el lenguaje en general”. Así pierde el valor que podría contener y se convierte en una de las polaridades de la sociedad dividida. Ya no es posible que alguien opine sobre cualquier tema sin que intenten clasificarlo en uno de esos dos polos (popular o populista), a veces para desacreditarlo injustamente o para enaltecerlo en exceso.

Según la opinión del papa argentino, conocedor además de la realidad latinoamericana y de gobiernos populistas, la pretensión de instalar el populismo como clave de la realidad social tiene otra debilidad: ignorar la legitimidad de la noción de pueblo. “El intento por hacer desaparecer del lenguaje esta categoría podría llevar a eliminar la misma palabra ‘democracia’…, es muy difícil proyectar algo grande a largo plazo si no se logra que eso se convierta en un sueño colectivo. Todo esto se encuentra expresado en el sustantivo ‘pueblo’ y en el adjetivo ‘popular’”. Si no se incluyen —junto con una sólida crítica a la demagogia— se estaría renunciando a un aspecto fundamental de la realidad social.

Y atención con lo que afirman líderes que interpretan el sentir del pueblo que, como lo sabemos, ha habido desde siempre en varios países, y en el nuestro los hubo en décadas pasadas y los hay para identificar:

“El servicio que prestan, aglutinando y conduciendo, puede ser la base para un proyecto duradero de transformación y crecimiento, que implica también la capacidad de ceder lugar a otros en pos del bien común. Pero deriva en insano populismo cuando se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder. Otras veces busca sumar popularidad exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de algunos sectores de la población. Esto se agrava cuando se convierte, con formas groseras o sutiles, en un avasallamiento de las instituciones y de la legalidad”.

Previene: “Hay grupos populistas cerrados que desfiguran la palabra ‘pueblo’, puesto que en realidad no hablan de un verdadero pueblo… Un pueblo vivo, dinámico y con futuro es el que está abierto permanentemente a nuevas síntesis incorporando al diferente. No lo hace negándose a sí mismo, pero sí con la disposición a ser movilizado, cuestionado, ampliado, enriquecido por otros, y de ese modo puede evolucionar”.

“Otra expresión de la degradación de un liderazgo popular es el inmediatismo. Se responde a exigencias populares en orden a garantizarse votos o aprobación, pero sin avanzar en una tarea ardua y constante que genere a las personas los recursos para su propio desarrollo, para que puedan sostener su vida con su esfuerzo y su creatividad… Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable. Por una parte, la superación de la inequidad supone el desarrollo económico, aprovechando las posibilidades de cada región y asegurando así una equidad sustentable. Por otra parte, los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras”.

Aunque con otras palabras, previene Francisco contra el paternalismo y que hay que enseñar a pescar, porque “ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo. Por más que cambien los mecanismos de producción, la política no puede renunciar al objetivo de lograr que la organización de una sociedad asegure a cada persona alguna manera de aportar sus capacidades y su esfuerzo… No existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo… el trabajo es una dimensión irrenunciable de la vida social, ya que no sólo es un modo de ganarse el pan, sino también un cauce para el crecimiento personal”.

Cuando habla de los valores y límites de las visiones liberales, sostiene que  la categoría de pueblo, que incorpora una valoración positiva de los lazos comunitarios y culturales, suele ser rechazada por las visiones liberales individualistas, donde la sociedad es considerada una mera suma de intereses que coexisten. “Hablan de respeto a las libertades, pero sin la raíz de una narrativa común. En ciertos contextos, es frecuente acusar de populistas a todos los que defiendan los derechos de los más débiles de la sociedad. Para estas visiones, la categoría de pueblo es una mitificación de algo que en realidad no existe. Sin embargo, aquí se crea una polarización innecesaria, ya que ni la idea de pueblo ni la de prójimo son categorías puramente míticas o románticas que excluyan o desprecien la organización social, la ciencia y las instituciones de la sociedad civil”.

Previene en contra de “la propaganda política, los medios y los constructores de opinión pública persisten en fomentar una cultura individualista e ingenua ante los intereses económicos desenfrenados y la organización de las sociedades al servicio de los que ya tienen demasiado poder. Por eso, mi crítica al paradigma tecnocrático no significa que sólo intentando controlar sus excesos podremos estar asegurados, porque el mayor peligro no reside en las cosas, en las realidades materiales, en las organizaciones, sino en el modo como las personas las utilizan”.

En contra del neoliberalismo, el mercado solo no lo resuelve todo, ni la especulación financiera, “aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, acudiendo al mágico ‘derrame’ o ‘goteo’ —sin nombrarlo— como único camino para resolver los problemas sociales. No se advierte que el supuesto derrame no resuelve la inequidad, que es fuente de nuevas formas de violencia que amenazan el tejido social”. Demanda luego “una política económica activa orientada a promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial, para que sea posible acrecentar los puestos de trabajo en lugar de reducirlos. La especulación financiera con la ganancia fácil como fin fundamental sigue causando estragos.

“Las recetas dogmáticas de la teoría económica imperante mostraron no ser infalibles. La fragilidad de los sistemas mundiales frente a las pandemias ha evidenciado que no todo se resuelve con la libertad de mercado y que, además de rehabilitar una sana política que no esté sometida al dictado de las finanzas, «tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos”.

“En ciertas visiones economicistas cerradas y monocromáticas, no parecen tener lugar, por ejemplo, los movimientos populares que aglutinan a desocupados, trabajadores precarios e informales y a tantos otros que no entran fácilmente en los cauces ya establecidos. En realidad, estos gestan variadas formas de economía popular y de producción comunitaria. Hace falta pensar en la participación social, política y económica de tal manera «que incluya a los movimientos populares y anime las estructuras de gobierno locales, nacionales e internacionales con ese torrente de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común…”

“Para muchos la política hoy es una mala palabra, y no se puede ignorar que detrás de este hecho están a menudo los errores, la corrupción, la ineficiencia de algunos políticos. A esto se añaden las estrategias que buscan debilitarla, reemplazarla por la economía o dominarla con alguna ideología. Pero, ¿puede funcionar el mundo sin política? ¿Puede haber un camino eficaz hacia la fraternidad universal y la paz social sin una buena política”.

En fin, estos y muchos más pensamientos sobre la realidad social están sobre la mesa para ser aplicados. O, al menos, ser estudiados, discutidos con apertura y sin egos.

Click aquí para consultar encíclica.

 

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Acerca del autor

Felipe Cobián Rosales

Ex jefe de Información de Notisistema y Noticentro. Excorresponsal de Excelsior, La Jornada y Proceso. Fundador de Semanario Diez y Proceso Jalisco.

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