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GUSTAV MAHLER

 

 

Para el músico que hay en Juan Manuel Negrete

Uno de los grandes músicos de finales del siglo diecinueve y principios del veinte. Judío que de alguna manera continuó con la tradición iniciada por Federico Nietzsche quien dedicó su obra “El origen de la Tragedia” a Wagner, a quien conoció en Leipzig, en 1867. Fue en ese paralelismo que Mahler mantuvo relación con el escritor y Premio Nobel de Literatura de 1929 Thomas Mann, con quien intercambiaba opiniones musicales y literarias.

Para los estudiosos del músico, es tanta la cercanía e influencia de Mann, también judío, que para el realizador de cine Luchino Visconti, fue irresistible no fusionar la obra del escritor “La Muerte en Venecia” con la vida del músico. En el filme, basado en la novela de Mann e interpretado por Dirk Bogarde, no solamente se utilizan elementos de la vida de Mahler, sino que además la música de la película está tomada de su obra. La parte final, en que se describe la muerte del protagonista, tiene como fondo el Adagio de la Quinta Sinfonía, una de las obras más intensas que se hayan escrito y que se desarrolla en estrujantes once minutos y trece segundos.

Es en los movimientos lentos del Adagio donde se manifiesta la tensa angustia que a través del hiriente sonido, es interpretado por reputados directores del mundo musical como Leonard Bernstein. El Adagio está ubicado en el cuarto movimiento y es interpretado solamente con arpa y cuerdas, sus líneas melódicas tienen tal cualidad que al decir de los melómanos “quebranta el corazón”. Se interpreta algunas veces como una sola pieza y una de las interpretaciones más hondas es la realizada por Herbert Von Karajan con la Orquesta Filarmónica de Berlín.

Nacido Mahler en Kalisté, Moravia en 1860, muere en Viena en 1911. Sus orígenes fueron marcados por el doble estigma del exilio y la violencia familiar. Esos eventos determinaron el carácter y contenido de su obra y lo convierten en uno de los más grandes músicos sinfónicos de la historia y también en uno de los artistas más neuróticos. Su obra se caracteriza por la intensidad que le imprime, a la vez que exprime las emociones más allá de cualquier límite.

Trabaja sucesivamente en Hall, Ljubljana, Cassel y Olomuc donde hace un brillante montaje de Carmen en 1883, sentando las bases de su dedicación a la dirección orquestal, lo que lo llevará años más tarde a ser considerado uno de los mejores del mundo.

Inició su actividad como director musical en Leipzig en 1885. Dos años más tarde ya es director de la Opera de Budapest, a la que reorganiza completamente. De ella pasa a la de Hamburgo, en donde permanecerá seis años (1891-1897), ahí es donde recibe como director adjunto al joven Bruno Walter, quien se encargará en el futuro de aportar los más autorizados testimonios sobre la capacidad excepcional de Mahler. A su decir, en Don Giovanni de Mozart, Fidelio de Beethoven, o en Die Walkure, de Wagner, creo tradición al ser un modelo insuperable de interpretación musical.

Habiendo elegido Viena como su definitiva patria adoptiva, escribió en una carta que: “Soy tres veces apátrida”. Como nacido de Bohemia en Austria; o austríaco, en Alemania, y judío, en el mundo entero. Intruso en todos lados, y sentir que en ninguna es deseado. Ahí se puede encontrar, sin mucho esfuerzo, una de las raíces de la tensión que imprime a su obra y que sacude a quienes lo escuchan.

A partir de 1907 Mahler se pasa largas temporadas en los Estados Unidos, donde las principales orquestas se disputan sus servicios como director, pero todas las primaveras regresa a Europa, donde tiene citas puntuales con sus fieles auditorios de Viena, Praga, Ámsterdam, París y Roma.

Además de música, Mahler estudió filosofía e historia en la Universidad de la capital austriaca. Pertenece a los miembros de la corriente llamada del Expresionismo, escuela de orígenes germánicos, que muestra un mundo torturado, doliente y en algunas facetas sórdido. Estos artistas eran hijos de una época de cambios drásticos, de guerras y dolor. Herederos de la teoría psicoanalítica de Freud, tuvieron un interés especial en indagar en las oscuras interioridades del hombre.

Como compositor sinfónico su primera obra la compuso en Leipzig en 1886, después de reconstruirla la llamó Titán. La segunda la escribió en Hamburgo e inmediatamente después compone Canciones Para la Muerte de los Niños y La Canción de la Tierra en Viena. El decenio que Mahler pasa como director artístico de la Opera de Viena (1897-1907) es el de la culminación de su carrera, en el que alcanza su mejor período de expresividad creativa. De estos años son sus principales obras maestras. Por esas fechas también se casa con Alma Schindler, (quien no soportará su neurosis y acabará por dejarlo), con la que tendrá dos hijas, María y Anna, la mayor de las cuales morirá de difteria en 1907.

Su vehemente arte manifiesta una obsesiva fascinación por la melancolía y la muerte. Lleva el lirismo del arte musical al borde de romper el control emocional de sus oyentes. Un año antes de morir, en 1911, presenta ante personajes como Bruno Walter, Richard Strauss, Arnold Schomberg y Thomas Mann, su octava sinfonía. Sin embargo, a pesar de su genio y capacidad creadora, no fue ajeno a la crítica amarga, lo que deprimía sobremanera al genio musical.

 

 

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Acerca del autor

Andrés Gómez Rosales

Analista de temas sociales, políticos y culturales

Tradoc-Blackstone

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