No fue una noticia cualquiera. No fue un hecho aislado más dentro de la larga lista de tragedias que este país acumula. Hoy más de 10 personas fueron asesinadas en una plantación de palma en la comunidad de Rigores, en Trujillo, Colón. Más de 10 vidas apagadas de manera brutal en una zona que desde hace años vive bajo la sombra del conflicto, el miedo y el abandono.
Y aunque en Honduras pareciera que las masacres ya no sorprenden, hoy vuelve a doler. Duele porque detrás de cada cifra hay una historia. Hay familias. Hay personas que ayer todavía estaban vivas, trabajando, riéndose, hablando con sus hijos o pensando en cómo sobrevivir un día más en un país donde salir de casa muchas veces también significa exponerse a no volver.
Desde temprano las redes sociales comenzaron a llenarse de imágenes, versiones y mensajes de miedo. Como siempre pasa en estos casos, la noticia corrió rápido, pero el dolor se queda solamente en las comunidades que terminan enterrando a sus muertos. Porque el país entero comenta durante unas horas, pero son las familias quienes tendrán que aprender a vivir con la ausencia para siempre.
Y esta vez hubo algo todavía más indignante.
Los cuerpos permanecieron durante horas en la plantación porque las autoridades no llegaron a tiempo. Fueron los propios familiares y comunitarios quienes tuvieron que cargar y llevarse a sus muertos, en medio del dolor, la desesperación y el miedo. Una vez más, el Estado no estuvo presente cuando más se necesitaba. Una vez más, las familias quedaron solas haciendo el trabajo que le corresponde a las instituciones encargadas de garantizar justicia, seguridad y dignidad para las víctimas.
Porque no solo se trata de la violencia criminal. También se trata del abandono.
Es imposible hablar de Rigores sin hablar también de la historia violenta que carga el Bajo Aguán. Una región donde durante años se han mezclado los conflictos agrarios, la disputa por la tierra, la presencia de grupos armados, intereses económicos y estructuras criminales que han convertido a muchas comunidades en territorios donde la vida vale muy poco.
La palma africana domina gran parte del paisaje de Colón. Para algunos representa producción y dinero. Para otros, representa años de conflicto y sangre. Y en medio de todo eso quedan las comunidades, las mujeres, las madres y los padres atrapados entre la pobreza, el miedo y la falta de respuestas reales del Estado, sobreviviendo diariamente en medio del conflicto.
Lo más frustrante es que esta historia parece repetirse constantemente. Cada vez que ocurre una masacre, el discurso oficial es prácticamente el mismo: se abrirá una investigación, se desplegarán operativos y se buscará a los responsables. Pero la mayoría de las veces el tiempo pasa y las familias terminan enfrentando solas el duelo, mientras la impunidad vuelve a imponerse.
Hoy, mientras Honduras sigue su rutina, hay más de 10 familias completamente destruidas. Hay madres esperando noticias que jamás quisieron recibir. Hay padres que tendrán que enterrar a sus hijos. Hay hijos que posiblemente todavía no entienden por qué su madre o su padre ya no volverán. Hay personas que hoy tendrán miedo incluso de salir de sus casas porque saben que la violencia no terminó con esta masacre.
Y quizás eso es lo más peligroso de todo: la normalización.
Nos estamos acostumbrando a vivir rodeados de muerte. Nos estamos acostumbrando a escuchar sobre asesinatos múltiples como si fueran parte natural de nuestra realidad. Nos estamos acostumbrando a ver comunidades enteras paralizadas por el miedo mientras el Estado aparece solamente después de las tragedias.
Pero no debería ser normal.
No debería ser normal que más de 10 personas sean asesinadas en una plantación. No debería ser normal que regiones completas vivan bajo amenazas permanentes. No debería ser normal que los familiares tengan que recoger los cuerpos de sus seres queridos porque las autoridades no llegaron. No debería ser normal que la institucionalidad falle incluso en los momentos más dolorosos.
Hoy Honduras volvió a despertar con miedo, pero también con cansancio. Cansancio de escuchar promesas que nunca cambian nada. Cansancio de la impunidad. Cansancio de sentir que la violencia siempre termina ganando terreno.
Y mientras las autoridades buscan explicaciones, mientras comienzan las investigaciones y mientras los titulares nacionales hablan de Rigores, hay algo que no debemos olvidar: las víctimas no eran números. Eran personas. Personas con historias, con familias, con sueños y con derecho a vivir.
Hoy Colón llora.
Hoy Rigores vuelve a quedar marcado por la sangre.
Hoy el Bajo Aguán vuelve a repetir el mismo ciclo de violencia que por años ha consumido comunidades enteras: muertos, miedo, silencio, abandono e impunidad. Un ciclo que parece no terminar nunca y que deja a la población atrapada entre el terror y la indiferencia del Estado.
Porque mientras el país intenta seguir adelante, en el Bajo Aguán la violencia sigue cobrando vidas, destruyendo familias y sembrando miedo generación tras generación.
Y Honduras tiene que preguntarse seriamente cuánto más puede soportar antes de entender que ninguna sociedad puede sobrevivir acostumbrándose a las masacres.
Alex Izán Hernández
Coordinador del Observatorio de Violencia Social y de Género
Red Lésbica Cattrachas
alexizanhn@gmail.com
