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Criterios

En la encuesta sabatina de la columna ‘Dinero’ del periódico La Jornada y que aparece el día de hoy, 12 de enero, la pregunta es directa: ¿apoyas o no la lucha declarada por AMLO en contra del robo de combustibles? Los porcentajes son contundentes. El 80% de los encuestados responden que sí contra apenas un 10% que la rechaza. El resto se difumina. El tamaño de la muestra es enorme. Fue respondida por más de 38 mil lectores. Son los números.

Resulta complicado por estos días sustraerse al asunto del robo de combustibles y su confrontación desde el gobierno. La semana se vio atiborrada de reportajes, notas, opiniones de diversa laya. Colas enormes en gasolineras. Automovilistas enfadados, unos en auto, ciudadanos a pie, cargados de bidones. El gobierno informa sobre el desabasto, así no dé gusto a todos. Es pan del día. No queda otro remedio que consumirlo.

Poniéndonos letrados, metamos al ajo a nuestro poeta jerezano, Ramón López Velarde. En su ‘Suave patria’ diseñó ya este cuadro: El niño dios te regaló un establo / y los veneros de petróleo, el diablo. Su intuición de artista le sugirió lo que nos atosiga, un verdadero sanquintín entre vendedores y compradores de bencina. Remolinos de dinero que suben a las alturas y caen a cepos sin control y sin aviso. Batahola de cuentas mal hechas y peor concluidas. Un desbarajuste que sólo pudo inspirar el diablo, de acuerdo a sus anteojos tan católicos.

Si venimos a la crudeza del trato cotidiano, con los hidrocarburos tenemos que concluir saraos menos románticos, pedestres y descalificadores. Se designaba con ‘huachicol’ a las bebidas adulteradas. Sin embargo, hace algunos años se le dio uso para la gasolina, que no proviene o no pasa por las gasolineras, los expendios autorizados. Fue cuando nos empezamos a enterar que aquí y allá había vendedores de tal mercancía, producida en nuestras refinerías o traída del extranjero, pero que no era trasladada por las vías autorizadas.

El país entero está cruzado por el entramado de esos ductos. En algunos estados como Chiapas, por ejemplo, no los hay. Se traslada en pipas la gasolina y el diésel. Pues bien, a la altura del gobierno de Vicente Fox, se empezó a hablar de un extraño robo. Se empezó a hablar de ordeñas clandestinas de los ductos de energéticos. Se necesita tener un conocimiento suficiente del funcionamiento de estas venas artificiales, para asaltarlas, abrirlas y cerrarlas, sin provocar una conmoción desastrosa. Las consejas sobre tales ordeñas empezaron a correr de aquí para allá, sin que hubiera voz autorizada que las negara.

No somos un país muy fantasioso. Nuestra gente posee un agudo olfato y buen sentido crítico. La gran mayoría supuso desde el principio que, si había tales robos, por fuerza tendrían que ser realizados por técnicos conocedores y bien enterados en el manejo de materiales tan inflamables y explosivos. Si de cuando en cuando se reportaba algún desastre, serían accidentes aislados, minoritarios, que le ocurren hasta al más pintado. En general los operadores tenían que pertenecer a una banda bien entrenada en dichos menesteres. Luego se dijo que era el famoso crimen organizado el que contrató a tales técnicos y el que sacaría raja. A cambio, tendrían que pagar muy bien.

Lo curioso fue que este robo pronto fue reconocido por las máximas autoridades del país. Mas en lugar de decrecer, veíamos que aumentaba en progresión geométrica. Al concluir el sexenio de Fox se habló de 204 tomas clandestinas. Al concluir el sexenio de Calderón el registro se elevó a mil 744 puntos de éstas, detectadas y selladas. Se hace ascender la cifra hasta 14 mil para el sexenio de Peña Nieto. Fue una de las razones esgrimidas por Calderón para sacar de los cuarteles a las calles, a combatir este y muchos otros delitos de ilícitos. Peña se siguió de frente en tal dinámica, sin que el huachicoleo descendiera.

Ahora que AMLO cogió el toro por los cuernos, nos vamos enterando de muchas cosas. Que eso de las tomas clandestinas, la famosa ordeña, era más bien una cortina de humo para tapar el trasiego de gasolinas robadas. Según las cuentas por él manejadas, la proporción entre la gasolina extraída a escondidas de los ductos apenas representa el 20% del total que circula por expendios y automóviles del país. El otro 80%, del que nada sabíamos, salía de los propios depósitos y deambulaba por las mismas pipas oficiales. Lo clandestino era apenas una muestra del verdadero tumor.

Con las colas propiciadas por el desabasto que se vino de cerrar las llaves, para enterarse bien de todas estas irregularidades, el público mismo se ha encargado de soltar las más inimaginables historias posibles. Algunas resultan hasta risibles. Pero ese juego e intercambio de fantasías, al no tener control racional ni rendir cuentas a nadie, tan similar a la técnica discente y docente del teléfono descompuesto, va a parar cuando desde la presidencia de la república nos informen puntualmente de los mecanismos, del modus operandi, pero sobre todo de los responsables de este trasiego de hurto, criminal y punible, por el flanco que se le vea.

Lo que hemos de aceptar sin chistar es que no vinieron legiones de los infiernos a causarnos el estropicio. Los huachicoleros son mexicanos, son paisanos nuestros, son nuestros congéneres y tal vez hasta familiares. Abrieron las espitas de los hidrocarburos y dispusieron de ellos, a sabiendas de que era un robo a ojos vistas. Cura no hay, exoneración tampoco. Sólo un castigo ejemplar devolvería a nuestras conciencias un resarcimiento que también se impone como necesario, para recuperar la fe en nosotros mismos.

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