Hurgar con catalejos
Amado Aurelio Pérez

LA GUERRA CRISTERA (1)
EXORDIO
Durante décadas, la versión del Estado mexicano retrató a los cristeros como fanáticos religiosos manipulados por el clero para desestabilizar las conquistas sociales de la Revolución Mexicana. El conflicto se minimizó o se abordó bajo la premisa de que el gobierno federal defendía la soberanía nacional y el progreso frente a la “reacción clerical”.
Es un hecho que, para llegar a los arreglos, después de la negociaciones entre Emilio Portes Gil, los prelados católicos y el embajador Morrow; quien fungía de representante de los intereses estadounidense y los ecleciasticos: RESALTARON CADA UNO, con sus métodos y objetivos, distintos; lo social, la “Ley Calles” en uno de ellos, reformaba el código penal, incluía delitos relativos a la enseñanza confesional y cultos y además, en su artículo 19, volvía obligatoria la inscripción oficial de los sacerdotes para que pudieran ejercer su ministerio. (Era la aplicación de la constitución 1857).
Esto provocó la suspensión de cultos por parte del Episcopado y la reacción de los practicantes más asiduos: quienes, al grito de “Viva Cristo Rey”, se convirtieron en el sostén armado del conflicto religioso.
En este sentido, “la participación armada en la insurrección correspondió, pues, a todo género de campesinos y a todo género de rurales [ …]. Los habitantes de las ciudades [ …] se mantuvieron ausentes de los campos de batalla” (Meyer PRO DOMO MEA 2004).
La segunda mitad de los años cuarenta se sintetiza en una frase divulgada por el periodista Carlos Denegri: “la Revolución se bajó del caballo y se ha subido al cádillac” (citado en Monsiváis 1986, 270), que alude al fin del último presidente militar en México (Manuel Ávila Camacho) y al inicio del primer presidente civil (Miguel Alemán). Pero no sólo eso, en el fondo, la frase simboliza el ascenso de la nueva burguesía y la novedosa cara del México postrevolucionario, intuido ya en una novela de Mariano Azuela de 1941, titulada así: Nueva burguesía.
No olvidemos como inicia Don Mariano Azuela, LOS DE ABAJO:
–. TE DIGO que no es un animal…
Oye cómo ladra el Palomo…
Debe ser algún cristiano
Incluso las relaciones entre ambos bandos han sido complejas. La novela expresa, Yáñez vivió muy de cerca los acontecimientos desarrollados entre 1926 y 1939 (la llamada Cristiada) que tuvo su mayor auge en los altos de Jalisco. En este sentido se contrapone a la pretensión de objetividad de la historia; sin embargo, en la actualidad ambas disciplinas se complementan y se nutren de manera mutua. El historiador, como el novelista, narra sucesos y recrea e interpreta los procesos históricos y a los personajes desde una intención de verdad y de credibilidad apoyada en una investigación empírica y documental. Como disciplina, la historia ha integrado el imaginario a sus preocupaciones. Lo ha rastreado en los orígenes de la historiografía y le ha dado a la imaginación un nuevo lugar, el de una realidad histórica en estrecha relación con los acontecimientos.
El embajador estadounidense Dwight W. Morrow desempeñó un papel clave como mediador entre el gobierno de Emilio Portes Gil y la Jerarquía de la Iglesia católica. El principal motivo de dicha intervención fue la protección de los intereses económicos estadounidenses en México, especialmente en sectores como el petróleo, los ferrocarriles y la minería. La prolongación de la guerra representaba un riesgo tanto para estas inversiones como para la seguridad en la frontera compartida entre ambos países.
Los historiadores debaten y critican el uso de palabras como moderno, colonial y Renacimiento; pero, como gremio, son menos propensos a poner a prueba las definiciones que sientan las bases de sus estudios y, a partir de ello, detectar anomalías; en primera, por cierta carencia de teoría y, en segunda, por el condicionamiento del trayecto para establecer la historia en su etapa de ciencia.
Además, cuando nos enfrentamos a un objeto de estudio compartido, habría que aclarar el vocabulario, la nomenclatura y las reglas de su uso, contrastando las perspectivas contrapuestas; pues la tarea no es la creación de conceptos, sino qué tanto sirven para captar las relaciones reales. Por eso, antes de llegar al problema de la novela histórica, abordaremos brevemente la relación historia/literatura.
Usaremos para analizar el problema planteado. Se partirá de la premisa de que los académicos no deben dar por sentado los conceptos que manejan, sino que han de ser claros acerca del significado que les dan y de que los conceptos usados y sus significados obligan a pensar de ciertas formas. Especialmente, si los conceptos son resultados de lo heterorreferencial. Ante lo cual, es necesario generar Autorreferencialidad, pues, “el investigador no puede asumir ciegamente las categorías de los sujetos estudiados”.
Aunque la mayoría de los historiadores sólo quieren referir el conflicto al contexto nacional, resulta que, durante la Revolución Francesa, “el régimen del Terror, la guillotina, cortó muchas raíces de la Iglesia católica en Francia, y provocó el exilio de decenas de millares de clérigos, monjas y religiosos”. (Tomado de la época del imperialismo: Historia Universal Siglo XXI, Europa 1885-1918 Wolfgang J. Mommsen.)
La Ley de Separación de la Iglesia y el Estado de 1905 en Francia representó un hito controvertido en las relaciones entre el Estado francés y la Iglesia católica, promulgada durante la Tercera República y motivada por tensiones políticas y anticlericales acumuladas desde la Revolución Francesa. Esta norma, aprobada el 9 de diciembre de 1905, abolió el Concordato de 1801 que había regulado la posición de la Iglesia en Francia, estableciendo la laicidad absoluta del Estado y disolviendo los lazos financieros y administrativos entre ambos.
Desde la perspectiva católica, la ley fue vista como una violación de tratados internacionales y un ataque a los derechos eclesiásticos, generando una fuerte condena papal y consecuencias duraderas para el culto y la organización eclesial en Francia.
A lo largo de las décadas, ha influido en el modelo de secularismo francés, aunque ha sido objeto de críticas por su impacto en la libertad religiosa y la autonomía de la Iglesia.
La Revolución Francesa (1789-1799) marcó una de las etapas más dramáticas de la historia de la Iglesia católica en Europa, caracterizada por la confiscación masiva de bienes eclesiásticos, la supresión de los órdenes religiosos, la exigencia del juramento a la Constitución Civil del Clero y la detención, juicio y ejecución de numerosos clérigos y laicos fieles. Estas medidas, impulsadas por una ideología antirreligiosa y laicista, provocaron una ola de persecución que dejó miles de mártires y una profunda huella en la relación entre Iglesia y Estado en Francia y en el mundo católico.
En su lugar, los revolucionarios implantaron el laicismo en el suelo público francés, y como para subrayar su victoria contra la Iglesia llegaron a sacralizar el laicismo, dando culto a la diosa razón en Notre Dame.
Ya en 1892, León XIII había advertido en Au Milieu des Sollicitudes contra proyectos separatistas, describiéndolos como un retorno al paganismo donde el Estado solo reconocería a la Iglesia para perseguirla.
Uno de los últimos libros sobre el tema, la Antología del cuento cristero, por Jean Meyer, y Juan José Doñan se publicó en Guadalajara en 1993.