Vivimos en una época donde la información se ha convertido en uno de los recursos más valiosos que existen. En nuestras organizaciones almacenamos nombres, números de teléfono, correos electrónicos, fotografías, documentos, informes, investigaciones y, en muchos casos, historias de vida de personas que han depositado su confianza en nosotros. Pero, ¿realmente somos conscientes de la responsabilidad que implica resguardar esos datos?
A veces creemos que la protección de la información es un asunto exclusivo de especialistas en tecnología, servidores o sistemas complejos. Sin embargo, la seguridad de los datos comienza con acciones mucho más simples: crear contraseñas seguras, evitar compartir información sensible por canales inseguros, realizar copias de respaldo periódicas y pensar dos veces antes de abrir un enlace o descargar un archivo desconocido.
Como ingeniero, he podido observar cómo muchas organizaciones dedican enormes esfuerzos a recolectar información, pero muy poco tiempo a reflexionar sobre cómo protegerla. Y esto es preocupante. Porque cuando se pierde una base de datos, cuando un sistema es vulnerado o cuando información confidencial llega a manos equivocadas, no solo se pierde información; también se pierde confianza, credibilidad y, en algunos casos, se pone en riesgo la seguridad de personas enteras.
Hoy este desafío se vuelve aún más complejo con la llegada de la inteligencia artificial. Sin duda, la IA representa una herramienta extraordinaria. Nos ayuda a organizar información, redactar documentos, analizar grandes volúmenes de datos, identificar patrones y optimizar tareas que antes requerían muchas horas de trabajo. Utilizada correctamente, puede convertirse en una aliada poderosa para fortalecer nuestras organizaciones.
Pero también debemos preguntarnos: ¿qué información estamos compartiendo con estas herramientas? ¿Estamos seguros de que los datos que ingresamos pueden ser utilizados de forma segura? ¿Sabemos quién tiene acceso a ellos? ¿Conocemos las políticas de privacidad de las plataformas que utilizamos?
La inteligencia artificial puede ayudarnos a trabajar mejor, pero no debe reemplazar nuestro criterio. No toda la información debe ser compartida con una plataforma digital. Existen datos sensibles que requieren un tratamiento especial, especialmente cuando hablamos de víctimas de violencia, expedientes legales, información financiera, datos personales o registros institucionales estratégicos.
El entusiasmo por las nuevas tecnologías no debe hacernos olvidar los principios básicos de la protección de datos. La rapidez nunca puede estar por encima de la seguridad. La comodidad nunca puede ser más importante que la confidencialidad. Y la innovación nunca debe justificar la exposición innecesaria de información sensible.
Quizás la pregunta más importante que debemos hacernos no es cuánto puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino qué tan preparados estamos para utilizarla de manera responsable.
Porque al final, los datos no son simples números almacenados en una computadora. Detrás de cada registro existe una persona, una historia o una organización que confía en que esa información será protegida. Y esa confianza, una vez perdida, es mucho más difícil de recuperar que cualquier archivo eliminado.
La inteligencia artificial seguirá avanzando y transformando nuestra forma de trabajar. Eso es inevitable. Lo que sí está en nuestras manos es decidir si avanzamos con responsabilidad o si dejamos que la velocidad de la tecnología nos haga olvidar algo fundamental: que proteger la información es también proteger a las personas.
Alex Izán Hernández
Coordinador del Observatorio de Violencia Social y de Género
Red Lésbica Cattrachas
alexizanhn@gmail.com
