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La moderna universidad mexicana

La moderna universidad mexicana

La moderna universidad mexicana

Juan M. Negrete

Ocupándonos de ir revisando al detalle del fenómeno llamado universidad en nuestras tierras, por fuerza habrá que distinguir dos etapas. La que nos trajeron los peninsulares o universidad colonial y la moderna que es la que tenemos vigente. De la viejita o colonial ya vamos a prescindir por lo pronto.

Arrancamos entonces en el año de 1910, cuando es reabierta la universidad nacional, a instancias de don Justo Sierra. Todo mundo asociará este dato con el año del estallido de la revolución. ¿Qué podremos decir de este raro ambiente que no se haya dicho ya? Nuestra universidad moderna fue reabierta ateridos nuestros mentores por la necesidad de cubrir una de las grandes lagunas de carencias populares ahondadas en el porfiriato.

Pero nuestros revolucionarios no dejaron de mirar con recelo a esta institución educativa recién inaugurada. Ello explica el sentido literal del artículo 13º, suscrito en la Convención de Aguascalientes, en 1914: emancipar la universidad nacional. ¿De quiénes o de qué? De los restos oligarcas enquistados en ella, dado que fue incubada en pleno porfiriato. Era muy reciente su creación como para que los revolucionarios pudiesen ser engañados con ella.

En 1912 fue fundada una rara institución de la que poco se habla. Se llamó la Universidad Popular. Sólo duró diez años. En 1922 fue clausurada. Los intelectuales progresistas entendieron que si querían descentralizar la educación superior y llevarla a todos los rincones del país tenían que llevar el modelo universitario a los estados. Decidieron abrir universidades populares estatales, cerrando la del centro, para no duplicar esfuerzos. Ese mismo año se abrió la primera en Yucatán. Le siguió en 1923 la de San Luis Potosí. En 1925, la de Guadalajara. Y así hasta contar en los setentas, con 38 universidades públicas, en todo el país, conformes al modelo de la universidad popular.

Hay que registrar en este análisis el momento cuando fue traicionado este proceso ascendente, cuándo fue frenado y tirado a la basura. Después de la fundación de instituciones educativas tan importantes como la Escuela Normal Superior (1936) y el Politécnico Nacional (1937), que significaron ampliar aún más el esfuerzo inicial, empezó a decrecer este impulso.

En el período de Manuel Ávila Camacho aparecerán las primeras universidades privadas. En Jalisco, debido a avatares muy propios del estado y obedeciendo a esta dinámica, en pleno período cardenista (1937) se abrió la primera de las universidades privadas del país: la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG). Producto de la intolerancia de los grupos radicales de derecha, éstos se desgajaron de la universidad estatal (UdeG) y fundaron su propio reducto, que a la larga vino a ser asiento de uno de los grupos fascistas y anticomunistas más peligrosos de toda América Latina: los tecos.

En 1973, cuando el echeverriato, apareció otro modelo de universidad estatal: la autónoma metropolitana, UAM, compitiendo con las privadas. El viraje es evidente. Esta universidad estatal ya no obedecerá al modelo de la popular, que les dio origen a las públicas. Entrará ahora, completamente desnaturalizada, al juego de la competencia con la privada. A la larga, las públicas serán idénticas a las privadas, como así fue. Parecía que el propósito no iba a cuajar. Pero en 1989, directo a la llegada al poder de Carlos Salinas de Gortari, se puso en marcha también el proceso de privatización de las 38 universidades públicas.

Ciertamente parecía que no prendería tan malhadada idea, cual la diseñaron los genios harvardianos que la impulsaron. Pero el gobierno federal reconoció en 1990 como legal el estatus de las, en ese momento, 57 universidades privadas del país. Un nuevo capítulo universitario acababa de ser inaugurado.

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