Abrimos TikTok para distraernos unos minutos y, sin darnos cuenta, podemos terminar descubriendo dónde desayunar el domingo, qué restaurante visitar, qué pueblo conocer durante un viaje, qué producto comprar, qué receta preparar, cómo decorar nuestra casa, qué aplicación descargar, qué serie comenzar o cuál es ese lugar que aparentemente todo el mundo conoce menos nosotros. Guardamos el video, se lo enviamos a alguien y escribimos: “tenemos que ir”, “tenemos que probar esto” o simplemente “vamos”. Y probablemente no pensamos demasiado en ello porque se ha convertido en algo completamente cotidiano. “Lo vi en TikTok” ya es una explicación suficiente para muchas de nuestras decisiones.
Lo interesante es que TikTok dejó hace mucho tiempo de ser únicamente esa aplicación de bailes, bromas y videos cortos con la que muchas personas todavía intentan definirla. Para millones de usuarios se ha convertido en un buscador, una guía turística, un recetario, una vitrina comercial, un espacio para aprender, una fuente de recomendaciones y, sobre todo, un enorme lugar donde encontrar ideas. Queremos saber qué hacer en determinada ciudad y buscamos TikTok; queremos conocer un restaurante y buscamos videos de quienes ya fueron; estamos pensando en comprar algo y queremos ver a alguien utilizándolo antes; queremos viajar y buscamos cómo es realmente el lugar. Ya no solamente queremos que alguien nos diga que un sitio existe: queremos verlo, queremos conocer el ambiente, mirar la comida, saber cuánto cuesta, cómo llegar y escuchar la experiencia de alguien que estuvo allí. Y hay que reconocerlo: eso puede ser extraordinariamente útil.
TikTok ha conseguido algo que no deberíamos minimizar. Ha permitido que pequeños restaurantes, emprendimientos, artistas, comercios y lugares que probablemente nunca habrían tenido espacio en una gran campaña publicitaria puedan ser conocidos por miles de personas gracias a un teléfono y un video. Un café desconocido puede amanecer prácticamente vacío y, después de que alguien publique un video que se vuelve viral, comenzar a recibir personas preguntando por el plato que vieron en la pantalla. Un pueblo, una playa, un mercado, un mirador o un pequeño negocio puede aparecer frente a personas que jamás habrían sabido que existía. También podemos aprender una receta de alguien que cocina desde su casa, descubrir una herramienta tecnológica explicada de manera sencilla, conocer el trabajo de una persona que lleva años practicando un oficio o encontrar una solución cotidiana que realmente nos facilita la vida. ¿Cuántas cosas útiles hemos aprendido gracias a un video que apareció inesperadamente mientras deslizábamos la pantalla? ¿Cuántos lugares hemos conocido porque alguien los mostró primero? ¿Cuántas veces hemos enviado un video diciendo “mira esto”? Esa posibilidad de compartir conocimiento, experiencias y creatividad entre desconocidos es una de las razones por las que TikTok se ha vuelto tan importante para muchas personas, y sería demasiado fácil reducir toda esa influencia a algo negativo.
Pero precisamente porque puede ser útil también deberíamos preguntarnos cuánto poder estamos entregando a esas recomendaciones. Vemos un restaurante en un video: iluminación perfecta, comida espectacular, música agradable, alguien prueba el plato y asegura que es uno de los mejores lugares que ha visitado. Guardamos el video, vamos días después y quizá descubrimos que nuestra experiencia no se parece demasiado a aquellos cuarenta segundos. Entonces decimos: “en TikTok se veía mejor”. Claro que se veía mejor. Estábamos observando una parte seleccionada de una experiencia. No vimos necesariamente cuánto esperaron, cómo fue el servicio durante toda la visita, qué ocurrió antes de comenzar a grabar o qué quedó fuera de la edición. Tampoco siempre sabemos si quien hizo la recomendación pagó por lo que consumió, recibió una invitación, tiene algún acuerdo comercial o simplemente tuvo una experiencia genuinamente maravillosa. Ninguna de esas posibilidades significa automáticamente que nos estén engañando; significa algo mucho más sencillo que a veces olvidamos: la experiencia de otra persona no garantiza la nuestra. Una recomendación puede servirnos como punto de partida, pero ¿en qué momento comenzamos a tratarla como una garantía?
Algo parecido ocurre con las compras. Una persona aparece frente a la cámara mostrando “el producto que todos necesitamos”, “el aparato que cambió su vida”, “el lugar que tienen que conocer” o “el truco que nadie les había contado”. Lo explica con seguridad, vemos el resultado, revisamos los comentarios y encontramos cientos de personas diciendo que también quieren probarlo. De pronto sentimos curiosidad. Luego deseo. Finalmente terminamos preguntando dónde podemos comprarlo. Y ahí aparece una pregunta bastante incómoda: ¿lo necesitábamos antes de ver el video? Porque una de las capacidades más impresionantes de TikTok no es únicamente ayudarnos a encontrar soluciones para problemas que ya tenemos; también puede hacernos descubrir problemas que cinco minutos antes no sabíamos que existían. Nuestra cocina estaba perfectamente bien hasta que vimos cómo debería estar organizada. Nuestro teléfono funcionaba hasta que vimos el nuevo. Nunca habíamos pensado en visitar determinado restaurante hasta que comenzó a aparecer repetidamente. No necesitábamos cierto aparato hasta que vimos diez personas utilizándolo. Entonces, ¿estamos descubriendo cosas que realmente queremos o también estamos aprendiendo, a través de la repetición, qué se supone que deberíamos querer?
Quizá una de las razones por las que estas recomendaciones funcionan tan bien es porque no siempre sentimos que estamos frente a publicidad. Se sienten cercanas. Alguien nos habla desde su carro, desde su habitación, caminando por una calle o sentado frente a un plato de comida y nos dice: “encontramos este lugar”, “tienen que probarlo”, “les dejo este dato”, “guarden este video para cuando vengan”. No se parece necesariamente al anuncio tradicional de una marca diciéndonos que compremos algo. Parece una persona compartiendo un descubrimiento con nosotros, casi como lo haría una amistad. Y muchas veces realmente lo es. Pero otras veces puede existir una promoción, una colaboración o algún interés comercial detrás de lo que estamos viendo. Por eso quizá no necesitamos convertirnos en personas desconfiadas de absolutamente todo, pero sí aprender a distinguir entre una experiencia, una opinión, una recomendación y una publicidad. Sobre todo porque cuando alguien tiene miles o millones de seguidores, una frase aparentemente sencilla como “este lugar es increíble” puede tener consecuencias económicas reales para un negocio y puede movilizar a cientos de personas.
También deberíamos preguntarnos qué sucede cuando TikTok descubre un lugar. Puede ser maravilloso para un pequeño negocio que necesita clientes o para una comunidad que depende del turismo, pero la viralidad también puede transformar aquello que hizo especial al lugar. Un rincón tranquilo comienza a llenarse de visitantes, aparecen filas, aumentan los precios, se acumulan residuos o todos comienzan a buscar exactamente el mismo punto desde donde se grabó aquel video famoso. Y ocurre algo curioso: a veces ya no vamos a descubrir un lugar, sino a reproducir lo que vimos en nuestra pantalla. Queremos sentarnos en la misma mesa, pedir el mismo plato, encontrar el mismo paisaje, tomarnos la fotografía desde el mismo ángulo y comprobar que realmente existe aquello que vimos digitalmente. ¿Estamos viajando para descubrir o estamos viajando para recrear contenido? ¿Estamos conociendo lugares nuevos o siguiendo una ruta que un algoritmo fue construyendo para nosotros sin que siquiera lo notáramos?
Y esa influencia no termina en restaurantes, viajes o compras. TikTok nos recomienda formas de estudiar, ejercicios, maneras de administrar dinero, relaciones, hábitos, rutinas, productos, formas de vestir, maneras de organizar nuestra vida y opiniones sobre prácticamente cualquier tema. Ahí es donde necesitamos recuperar algo que la velocidad de las redes puede hacernos olvidar: el derecho a dudar. No porque todo lo que aparece en TikTok sea falso, sino precisamente porque algunas cosas son ciertas, otras son opiniones, otras experiencias personales, otra publicidad y otras simplemente errores repetidos tantas veces que terminan pareciendo verdad. Una persona puede hablar con enorme seguridad y estar equivocada. Un video puede tener millones de reproducciones y contener información incorrecta. Miles de “me gusta” pueden demostrar popularidad, pero no necesariamente conocimiento. Entonces vale la pena preguntarnos: ¿desde cuándo la popularidad se convirtió en evidencia? Si un desconocido nos detuviera en la calle para decirnos cómo gastar nuestro dinero, qué producto utilizar o qué decisión tomar, probablemente querríamos saber quién es y por qué deberíamos creerle. Pero ponemos a esa misma persona frente a una cámara, agregamos subtítulos, música, buena iluminación, miles de seguidores y comentarios diciendo “funciona”, y de repente algo cambia. Parece saber. Parece confiable. Parece cierto. Y quizá ese “parece” sea precisamente lo que más deberíamos aprender a cuestionar.
Pero tampoco sería justo convertir a TikTok en el culpable de todas nuestras decisiones. La aplicación puede mostrarnos una idea; nosotros decidimos qué hacemos con ella. Podemos encontrar un restaurante y visitarlo, descubrir un pueblo y conocerlo, ver una receta y cocinarla, encontrar un emprendimiento y apoyarlo, aprender una herramienta, escuchar una experiencia y después buscar más información. Podemos aprovechar todo lo bueno que significa tener acceso inmediato a conocimientos y experiencias de millones de personas sin convertir cada video en una instrucción. TikTok puede ser una puerta extraordinaria hacia algo nuevo, pero una puerta no tiene por qué convertirse en todo el camino. Tal vez deberíamos acostumbrarnos a decir “lo vi en TikTok y quise investigar más”, en lugar de permitir que “lo vi en TikTok” sea siempre suficiente.
Porque hay una enorme diferencia entre decir “lo vi en TikTok y me dio una idea” y decir “lo hice porque lo vi en TikTok”. La primera frase todavía deja espacio para nuestra curiosidad, nuestro criterio y nuestras preguntas. Y quizá ahí está el verdadero debate que deberíamos tener sobre una aplicación que se ha vuelto tan importante en la vida cotidiana. No se trata de decidir si TikTok es bueno o malo, porque probablemente puede ser ambas cosas dependiendo de cómo lo utilicemos. Se trata de reconocer la enorme influencia que tiene cuando puede determinar qué restaurante conocemos, qué producto compramos, qué destino queremos visitar, qué tendencia seguimos, qué información creemos y hasta qué cosas comenzamos a desear. Cuando una aplicación consigue trasladar lo que ocurre dentro de una pantalla hacia decisiones que tomamos fuera de ella, ya no estamos hablando únicamente de entretenimiento. Estamos hablando de influencia.
Quizá por eso no deberíamos dejar de guardar videos, enviar recomendaciones, descubrir lugares ni emocionarnos cuando encontramos algo nuevo. Tampoco necesitamos mirar cada publicación pensando que alguien intenta engañarnos. Podemos disfrutar todo lo que TikTok ofrece y reconocer que muchas veces nos ha enseñado cosas útiles, nos ha hecho reír, nos ha permitido descubrir lugares maravillosos y ha abierto oportunidades para personas y negocios que antes tenían pocas posibilidades de ser vistos. Pero precisamente porque confiamos tanto en lo que encontramos allí, necesitamos conservar una pregunta antes de convertir un video en una decisión: ¿por qué queremos hacer esto? Si tenemos una respuesta, adelante. Si no la tenemos, quizá valga la pena pensar un poco más. Porque TikTok puede mostrarnos millones de ideas, productos, lugares, experiencias y maneras de hacer las cosas; puede enseñarnos qué está de moda, dónde está yendo todo el mundo y qué están probando los demás. Lo que no debería hacer por nosotros es decidir automáticamente qué debemos hacer con todo eso.
Al final, quizá TikTok no tenga demasiado poder simplemente porque nos muestra cosas. Tiene poder porque nosotros las miramos, las guardamos, las compartimos, las creemos y, muchas veces, las llevamos a nuestra vida. Y eso no tiene por qué ser necesariamente malo. Puede llevarnos a descubrir, aprender, crear, apoyar y conocer. Pero también debería llevarnos a cuestionar. Porque en una época en la que basta deslizar un dedo para recibir una nueva recomendación, tal vez una de las cosas más importantes que podemos conservar es algo que ningún algoritmo debería hacer por nosotros: pensar antes de seguir.
