MIEDO Y PARÁLISIS

Tras la represión, sin distingos, a manifestantes y violentos revoltosos venidos de fuera el domingo 11, Pablo Lemus pasó, ocho días después, al limbo por falta de seguridad estatal y municipal —bien por precaución o por miedo—, a la pasividad completa. Dejó a salvajes hordas incendiar las puertas de acceso de los palacios de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. En el primero, destruyeron ventanales y pintarrajearon muros sin que la Policía lo evitara.
Los desmanes mayores ocurrieron desde el atardecer hasta altas horas de la noche, mientras centenas de elementos bien pertrechados se guarecían, «apanicados», en Palacio de Gobierno, sin mover un dedo para poner orden. Fue la anarquía y el desgobierno total. No contuvieron ni apresaron in fraganti a un vándalo.

Salir de la versión móvil