Neoliberalismo agotado

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Eduardo Jorge González Yáñez y Mariana Lazos Ortiz                       neoliberalismo

 

El camino al desarrollo en México ha sido un largo y doloroso recorrido. La idea de desarrollo que nos han vendido no a todos gusta, y aun con el respaldo de quienes sí la apoyan, no se ha logrado incluir a todas las personas y, de hecho, hay cada vez más desigualdad. El camino no ha sido unidireccional, y en la algidez de los movimientos sociales no dejan de sonar las voces de quienes proponen alternativas al modelo fallido. Algunas propuestas son aquí recuperadas por dos estudiantes de Relaciones Internacionales, junto con un recuento de los avances y retrocesos hacia el panorama contemporáneo en México.

ML: Después de la Revolución Mexicana, el Estado implementó estrategias de redistribución de la riqueza y del poder. Reformas agrarias y apoyo a la organización de trabajadores asalariados son algunas de las medidas tomadas en este periodo. Durante la segunda guerra mundial y el periodo de posguerra hay intervenciones de compensación y promoción social. Con Lázaro Cárdenas, la prioridad es la industrialización del país, el reparto de tierras llegó a su punto máximo y hubo una fuerte inversión en la educación. Hay un boom económico en el país y vemos la aplicación de medidas proteccionistas.

El modelo de bienestar de la época buscaba asegurar los derechos sociales retratados en la Constitución de 1917: salud, educación y vivienda para los trabajadores y sus familias, y más tarde se modifica para asegurar también los satisfactores básicos. En 1943 se crea el Instituto Mexicano del Seguro Social, y unos años después el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado y el Instituto Nacional de Protección a la Infancia.

EG: No dudo que muchas de las herramientas que tiene hoy el Estado para proveer derechos sociales datan de tiempos cardenistas. Pero desde entonces, el modelo implementado empieza a rezagar a las mujeres: la seguridad social en México se gana en tanto se trabaja, pero los escasos y decadentes servicios sociales sacan provecho de los roles sociales de género, desincentivan a las mujeres a trabajar fuera del hogar y promueven la maternidad. Después, por no ser considerada una actividad productiva, el trabajo doméstico les niega el goce de derechos sociales y les son dadas dos alternativas: acceder a ellos por su relación marital con un hombre afiliado, o buscando un empleo en el masculino y mal pagado mundo del trabajo asalariado.

ML: En estos años el Estado interviene como guía y promotor del desarrollo, como un ente regulador del comercio exterior y de los mercados internos. El resultado es un crecimiento alto y sostenido de la economía, el llamado “milagro mexicano”. Hay una baja inflación, crecimiento económico, un aumento en el empleo urbano industrial e inversión. Un modelo de desarrollo basado en el keynesianismo. De acuerdo con Moreno Salazar, Ortiz Guerrero y Marrufo Heredia (2004), si el modelo de desarrollo social se sostuvo por más de cuarenta años fue por el auge económico que se veía en el país y no por las “insuficientes” políticas sociales. Hacia el final de los 60 el desarrollo estabilizador comienza a tambalearse: el crecimiento demográfico se traduce en presión sobre los fondos públicos, la generación de empleos desacelera su ritmo y se comienzan a atisbar las desigualdades.

Durante el sexenio de López Portillo se inicia una modernización de la política social, con la que se descentralizan asuntos hacia las entidades federativas. Con las crisis financieras, petroleras y de estanflación de los siguientes años, el Estado mexicano implementa una estrategia de endeudamiento externo para intentar mantener el ritmo de crecimiento que resulta insostenible. Para finales de la década de los años 70, el modelo de desarrollo económico interno se había agotado. De 1935 a 1982 el PIB mexicano aumentó 15.9 veces, es decir 1592.7% y aproximadamente 6.1% anual.

Llegamos a los años 80, “la década perdida” para América Latina. México pasa por una crisis de endeudamiento. El Estado comienza a tomar medidas económicas neoliberales para contener la inflación, restaurar el equilibrio de la balanza comercial y reducir el déficit público. Sin embargo, la pobreza aumenta y se urbaniza. Los programas para combatirla son cada vez más focalizados y nacen algunos como Pronasol y Progresa. A partir de este momento la generación de empleos se convierte en prioridad dentro de la política social y, desde la gestión de Miguel De la Madrid (con excepción de Carlos Salinas), hay una tendencia a la baja en el gasto en desarrollo social. El modelo económico ocasionó que se disminuyera el presupuesto destinado a gasto social para ser asignado a otros aspectos.

Sólo para dimensionar: en 1963, 77% de los mexicanos vivían en pobreza; para 1981 se reduce a 48.5%, y en el 2000 el porcentaje es de 76.9. Hay caídas en el crecimiento y en el nivel de la actividad, lo que lleva a miles de personas a recurrir a la informalidad laboral. El poder adquisitivo pierde 69.6% de su poder de compra y el PIB se incrementa 0.56 veces a un ritmo de crecimiento de 2.3% anual.

La política social en México se subordinó a la política económica, y a pesar de que México se encuentra entre los lugares 12 y 14 de las economías más grandes del mundo, ocupamos el puesto 71 en el Índice de Desarrollo Humano. 60% de los trabajadores labora en la informalidad, y según el CONEVAL, 41.9% de la población se encuentra en  situación de pobreza, equivalente a 52.4 millones de personas.

EG: Además, las esperpénticas medidas neoliberales en México, y en el resto del continente, han promovido una debilidad institucional que poco o nada puede hacer frente a la crisis de salud pública ocasionada por la pandemia y todas sus consecuencias. Hospitales insuficientes y mal equipados; líneas de emergencia saturadas por mujeres que sufren de violencia doméstica; millones de mexicanos y mexicanas que no pueden parar de trabajar porque el estómago pide comida. Dinero no falta. El problema es que en diciembre de 2019, la deuda acumulada del país (después de cuatro décadas de gobiernos neoliberales) sumaba 11 billones 27 mil 500 millones de pesos. El dinero que se usa hoy en pagar sólo los intereses generados por ese pasivo, que los presidentes anteriores tuvieron el tino de dejarnos, es mayor al que se destina al sistema de salud pública federal o a la inversión productiva del gobierno (La Jornada, 2020).

En medio de la tormenta, los grupos empresariales que desangraron al país mientras pudieron, se retuercen como gusanos en comal porque la actual administración se niega a rescatarlos con dinero público (porque los empresarios no sacan de su bolsa un peso para pagar los créditos de los que, por años, se beneficiaron). Durante cuarenta años quisieron un Estado flaco y ahora lo tienen. No hay dinero para rescates. Apoyan a la cúpula empresarial joyitas que no necesitan presentación: entre otros, Mario Vargas Llosa, Mauricio Macri, Luis Alberto Lacalle y algunos hechos en México: Pedro Aspe, Ernesto Zedillo y Enrique Krauze (orgullo nacional) (La Jornada, 2020).           neoliberalismo

Otro mexicano non grato es Alejandro Werner (subsecretario de Hacienda de Felipe Calderón, ahora director para el Hemisferio Occidental del benemérito Fondo Monetario Internacional). Cual buitre, el funcionario ha dicho la semana pasada que frente a la crisis tan profunda que se anticipa, el país debe endeudarse (más) para apuntalar la economía (como tanto se ha apuntalado en décadas pasadas) y “legislar” para garantizar el pago del crédito (La Jornada, 2020). ¡Hace falta ser muy cínico! Se agradece la sugerencia y respetuosamente se declina. Se antoja recordar la sabiduría con la que el régimen castrista en Cuba se abstuvo de pertenecer al FMI, al Banco Mundial y al Banco Interamericano de Desarrollo desde la década de los 60. neoliberalismo 

Las señales del fracaso del capitalismo en su etapa neoliberal son ya más que evidentes: desigualdad, precariedad laboral, especulación, destrucción del medio ambiente, estancamiento económico y caída en la inversión son la norma en todas las latitudes, no la excepción. Los economistas Ludwig von Mises y Friedrich Hayek describieron, en la década de los 30 del siglo pasado, que la esencia del sistema era el capital mismo. Y como lo veía el economista mexicano Alejandro Nadal (La Jornada, 2019), el neoliberalismo no es una “excrecencia del capitalismo, sino la expresión más pura de su esencia”, y su fracaso significa que el proyecto histórico del capital se ha agotado y hoy está en decadencia.        neoliberalismo

En ese contexto y con un virus suelto, los temas al centro de la revolución feminista nunca han sido más relevantes. El gobierno no tiene las herramientas ni el plan adecuado para responder a la crisis, y las mujeres en todo el mundo se organizan para demandar la seguridad social que les ha sido negada. En Uruguay planifican ollas populares para atender la falta de seguridad alimentaria. En Argentina demandan que la deuda es con ellas, no con el FMI. En Chile, el movimiento feminista que pugna por reorganizar la vida se yergue en el centro de los estallidos sociales. Y en todo el globo, teóricas y pensadoras como Silvia Federici ponen al centro del debate a quien cuida y reproduce la vida en tiempos de pandemia (con o sin salario); los efectos devastadores de la agricultura industrializada con fines de lucro; la explotación del trabajo humano; la concepción individualista del capitalismo, y la realidad cotidiana desde antes del coronavirus. Proponen nuevas formas de solidaridad y de control colectivo de la economía, con la certidumbre de que las unidades económicas locales son las que más empleos generan y más restauran el tejido social.

No cabe duda que serán las mujeres las que marquen el paso a seguir para la forzosa e impostergable transformación de la sociedad y la economía.

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