¿Quién lleva el ritmo? Salsa, bachata y los roles de género

Hoy comencé mis clases de salsa y bachata. Llegué con emoción, con la expectativa de
aprender algo nuevo y de disfrutar una experiencia diferente. Sin embargo, antes incluso dedar mis primeros pasos, hubo una escena que captó toda mi atención: la separación
inmediata entre hombres y mujeres. Desde ese primer momento comprendí que no era un
espacio pensado desde la diversidad ni específicamente para personas LGBTI, sino un
ambiente organizado bajo una lógica completamente binaria, donde parecía que solo
existían dos posibilidades claramente definidas y que cada persona debía ocupar un lugar
específico dentro de ellas. Aun así, mi primera impresión también fue muy positiva, porque
tanto el instructor como mis compañeros de clase respetaron en todo momento mi
identidad de género. Me sentí bienvenido desde el primer momento, con un trato natural y
respetuoso que me permitió disfrutar la clase sin tener que explicar quién soy.

Precisamente por sentirme incluido, pude observar con mayor detenimiento otros aspectos de la experiencia que despertaron muchas preguntas sobre la manera en que entendemos el género dentro del baile.

Durante la clase escuché varias veces la misma idea, expresada de distintas maneras: el
hombre guía, el hombre domina, el hombre marca el paso y la mujer sigue. Es una
enseñanza que parece formar parte de la esencia de la salsa y la bachata, como si no
existiera otra posibilidad. Entiendo que, para que una pareja baile coordinadamente, alguien debe iniciar los movimientos, pero eso no significa que esa función tenga que pertenecer exclusivamente a un hombre. Mientras escuchaba las indicaciones, no podía evitar preguntarme por qué seguimos asociando el liderazgo con la masculinidad y el seguimiento con la feminidad. Al final, el baile también refleja las ideas que una sociedad tiene sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Cuando normalizamos que uno dirige y la otra sigue, quizá también estamos reproduciendo roles de género que hemos aprendido durante generaciones sin detenernos a cuestionarlos.

Hubo otro momento de la clase que terminó reforzando esa reflexión. El instructor nos
pidió mencionar el nombre de un cantante de bachata. Inmediatamente comenzaron a
escucharse nombres como Romeo Santos, Anthony Santos, Luis Vargas y otros artistas
hombres. Mientras escuchaba las respuestas, mi mente hizo una pausa y me pregunté: ¿y las mujeres? Intenté recordar el nombre de una cantante de bachata y, para mi sorpresa, en ese instante no pude pensar en ninguna. Aquello me hizo cuestionar si realmente hay tan pocas mujeres en este género o si, más bien, la historia de la música y la industria han hecho que las voces masculinas ocupen casi todo el espacio. Después recordé a Leslie Grace, una de las pocas artistas que ha logrado abrirse camino en la bachata contemporánea, pero el ejercicio dejó al descubierto algo que normalmente pasa desapercibido: cuando pensamos en este género, nuestra memoria nos lleva primero a los hombres.

Esa misma reflexión puede hacerse también con la salsa. Cuando pensamos en sus grandes
exponentes, los primeros nombres que vienen a nuestra mente suelen ser Héctor Lavoe,
Willie Colón, Frankie Ruiz o Gilberto Santa Rosa. Son artistas que marcaron la historia de
este género, pero nuevamente las mujeres parecen ocupar un lugar mucho menos visible en nuestra memoria colectiva. Celia Cruz revolucionó la salsa con una voz y una presencia
incomparables; La India demostró que una mujer también podía liderar el género con
fuerza y personalidad. Sin embargo, la diferencia en reconocimiento sigue siendo evidente.
No porque las mujeres hayan carecido de talento, sino porque históricamente la industria
musical ha dado mayor protagonismo a los hombres.

No escribo esta reflexión para descalificar la salsa, la bachata ni las tradiciones del baile. Al
contrario, terminé mi primera clase con muchas ganas de regresar, de aprender cada paso y de seguir disfrutando de esta experiencia. Lo que realmente me llevo de este primer día son preguntas que considero necesarias. ¿Es posible conservar la esencia de estos bailes sin seguir reproduciendo la idea de que el liderazgo tiene género? ¿Podemos enseñar que
cualquiera puede guiar y cualquiera puede seguir, independientemente de si es hombre o
mujer? Creo que sí. El liderazgo no debería depender del género, sino del aprendizaje, la
coordinación y el acuerdo entre quienes comparten la pista. Quizá el baile también puede
evolucionar, como lo hace la sociedad, y convertirse en un espacio donde la tradición y la
inclusión no sean conceptos opuestos, sino formas distintas de disfrutar la misma música.

Hombre trans, defensor de derechos humanos e ingeniero infieri en Informática y Electrónica. Cuenta con experiencia en el desarrollo y aplicación de tecnologías con enfoque de género, así como en la gestión y análisis de bases de datos orientadas a la identificación de patrones de violencia. Actualmente coordina el Observatorio de Violencia Social y de Género de la Red Lésbica Cattrachas, donde se desempeña como analista de muertes violentas de personas LGBTTI y de niñas, adolescentes y mujeres, además de realizar el seguimiento y monitoreo sistemático de noticias en medios digitales. De manera paralela, ejerce funciones como técnico en tecnología dentro de la misma organización.
Salir de la versión móvil