Filosofando

Criterios

 

El azar suele jugarnos sorpresas inesperadas. Esta semana nos juntó dos fechas de fiesta. La de la expropiación petrolera y la del natalicio de don Benito Juárez. Se puede refutar que siempre vienen juntas. Hay razón para la contraposición. Lo nuevo es que antes no se usaba cambiar fechas festivas, como ahora. Por eso este lunes 18 se nos asobronaron las fiestas. Pero no tiene mayor punta esta hebra de fechas. Lo que tiene sentido es su contenido, el acontecimiento histórico por el que evocamos el aniversario y su vigencia en la actualidad.

A don Benito le debemos la consolidación de lo que es la patria mexicana. Tras medio siglo de guerra civil y la invasión francesa, encabezó la defensa de lo que nos proponíamos ser como país independiente desde la época de Hidalgo. Finalmente lo consumó. Bajo su bandera nuestros abuelos se dieron gallo. Expulsaron a los invasores e iniciaron el camino de la autonomía nacional, tan deseada y tan buscada. Por eso le conmemoramos el día de su natalicio casi como si hubiera sido el nacimiento mismo de la patria.

Una patria no se explica por sí sola. La pura palabra no la sostiene. Necesita de varios elementos fundamentales para visibilizarse. Los teóricos clásicos nos hablan de tres elementos presentes e indispensables para connotar a una nación como tal. El primero es su territorio bien delimitado y aceptado por otros. El segundo es su población, congregada en ese territorio. El tercero, una ley que se aplique y cumpla en tal territorio, por y para la población referida. Si falta alguno de ellos, estamos ante una mera ficción heurística.

Ahora que trasladamos el festejo de la expropiación petrolera al día del natalicio de nuestro patricio más conocido, se impone hablar de los energéticos. Festejamos el 18 (el 21, por esta vez) como el día en que la nación, su gobierno y sus habitantes decidieron que los hidrocarburos y sus ganancias pasasen a ser administrados por nosotros y no por ajenos. En 1938 los poseían extranjeros y disponían de ellos y de las ganancias a su real antojo. Violaban las leyes nacionales y no se atenían a los laudos de nuestros tribunales, si bien los que trabajaban en dichas plantaciones sí eran nacionales. O sea que nuestros paisanos sólo les servían de fuerza de trabajo y mal pagada.

El tata Lázaro se aventó la hombrada de nacionalizar la industria. Nuestros padres lo apoyaron. A una mano, pueblo y gobierno la convirtieron en palanca del desarrollo nacional. Pronto se convirtió Pemex no sólo en nuestra empresa insignia y caponera, sino en una de las más exitosas en el concierto mundial de los energéticos. Con sus dividendos pudieron los gobiernos posteriores al del Tata invertir en la educación, en el sector salud, en los transportes, en los puertos. Le hallamos los mexicanos la punta para salir de pobres.

Al ejemplo de los hidrocarburos se dio el mismo paso nacionalista con la industria eléctrica. El tan bien querido y recordado Adolfo López Mateos, el día 27 de septiembre de 1960, decretó la nacionalización de la industria eléctrica. Es bien conocida por muchos la carta que nos envió López Mateos a todos los mexicanos una vez expedido su decreto: “Devuelvo a los mexicanos la energía eléctrica, que es de la exclusiva propiedad de la nación. Pero no se confíen, porque en años futuros algunos malos mexicanos intentarán de nuevo entregar el petróleo y nuestros recursos a los inversionistas extranjeros…”

Don Adolfo tuvo boca de profeta. Ocurrió exactamente como nos lo advirtió. Con la llegada del neoliberalismo a las instancias del poder público, tarde se les hizo a esos cabilderos de los extranjeros para abrir las puertas y autorizarles que nos volvieran a saquear. Volvieron sobre nuestro petróleo, que es la mercancía más atractiva. También se echaron encima de la industria eléctrica, a la que le llevan enajenado el 50% de sus activos. Del desmantelamiento del negocio del petróleo cada vez nos enteramos mejor con los movimientos de su recuperación para la nación, que realiza el peje. Lo mismo hay que empezar a decir en lo que respecta a lo de la electricidad.

Pero hay más renglones que debemos coger por los cuernos, como se le atora valientemente a los toros bravos. Aludimos con esto al lío de las concesiones mineras. La minería también es un renglón clave en el funcionamiento de nuestro país. No hemos de olvidar el gran atractivo que fue nuestro territorio para los españoles en el tiempo de la colonia. Se mataban por nuestras minas, repletas de oro y plata. Pues bien, los neoliberales se metieron en los años recientes también por este atajo. De doscientos millones de hectáreas de piso que poseemos recibieron en concesión, desde Salinas hasta Peña Nieto, cien de ellas, prácticamente la mitad de la totalidad de nuestra superficie.

Sólo han sido capaces de explotar, hasta este momento, una parte de las concesiones. Algunos hablan de 36 millones de hectáreas; otros elevan la suma hasta las 50. Como sea, lo autorizado por cercenar en beneficio de su peculio privado bien llega hasta el centenar. O sea que ya son dueños de la mitad de la patria, o lo que creíamos nosotros que era nuestra patria. Sin el jugo del petróleo no se mueve el país; sin la fuerza de nuestra electricidad, volveríamos a empujar con acémilas de carga; sin la posesión y el usufructo de nuestro territorio, volveremos a ser extranjeros en nuestra propia tierra.

La nación va despertando. No podemos decir todavía que hemos vuelto por nuestros fueros. Sigue pendiente la recuperación total de nuestro patrimonio nacional, para poder hablar de que es auténtica. Estamos haciendo esfuerzos sobrehumanos por volver a ponernos de pie. Aún no hay orden de descansar.

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