UdeG: mera remoción gerencial

Juan M. Negrete

Entre las noticias de la semana que termina, nuestra atención dio seguimiento a la remoción de la rectoría general de la universidad estatal. Nuestra UdeG ya es benemérita, se le cataloga de bicentenaria y presume de ser autónoma. Todo eso y más cosas. Pero el evento fue más bien un deprimente espectáculo, escenificado por los consejeros universitarios en el viejo paraninfo.

Se puede desacreditar la calidad de representación de los miembros del consejo general universitario (CGU). Años ya que no concurre a su elección la mayoría de la base, a la que se dice que representan. Sus procesos se viven desolados y con baja participación. Así ocurre en los centros universitarios donde se contiende con planillas, porque hay otros en los que de plano se registran sólo planillas únicas y, por supuesto, son las ganadoras. Es la tónica de la democracia udegeísta, de sobra reportada y conocida.

Estos procesos electorales desolados son menospreciados por la base estudiantil y magisterial porque los sufragantes saben de antemano cuál planilla va a resultar triunfadora. Son procesos bien planchados. Desde la alta torre de marfil en donde habita ‘el licenciado’ son palomeadas y, como en el viejo PRI, ya se sabe cuál va a resultar favorecida con el voto. No carecen de acreditación formal para dar este paso justificado los casi dos centenares de representantes, congregados en el viejo paraninfo para legitimar el cambio de rector general. Lo que está ausente en su oficio político es la legitimidad que da un ejercicio democrático auténtico.

Pretender que lo vivido en la UdeG el día seis de febrero pasado fue una jornada electoral democrática viene siendo una burla cruel a la comunidad universitaria y a todo el pueblo de Jalisco. Es un atavismo mórbido, pero vivito y coleando, en un país que se dispuso desde hace casi un año a sacudirse estas viejas taras de simulación y fraudes en los procesos de elección popular. ¿Por qué, si es un esquema tan defectuoso, sigue vigente?

Primero hay que decir que el monto del presupuesto es muy elevado. Catorce mil millones de pesos anuales es mucho dinero. Si Napoleón decía que París bien valía una misa, los que detentan los controles universitarios pueden suscribir este dicho sin ruborizarse. Es más, estarían dispuestos a descender a los lóbregos infiernos por tan alta paga. Si Orfeo bajó al Hades por traerse a la ninfa Eurídice, ¿cómo no van a topar los corifeos de Raúl Padilla el obstáculo que les pongan y como se lo pongan, por meterse al amasijo de tanto dinero? Esto está claro. Todas las algaradas habidas y por haber en el país tienen como telón de fondo el sablazo, la ilusión por vivir del presupuesto, las ganas de vivir sin trabajar. El motín por el botín, decían los viejos. Así, todo desfiguro queda legitimado. El baño de oro limpia de cualquier lacra. Bueno, hasta lo feo se quita. Ya no hay que andarle buscando pues tres pies al gato.

Los estudiantes estudiosos, los maestros dedicados, los investigadores serios, la masa universitaria auténtica, no están presentes, no participan. Se excluyen por voluntad propia o porque son eliminados con el juego de abalorios electorero en los centros universitarios. Las planillas ganadoras se arman con los adictos a la administración, acémilas dispuestas a marchar por donde se les indique. Es fácil entender entonces que para esta fecha, los consejeros fueron instruidos para avalar la designación del nuevo gerente, el indicado por Padilla, con el mecanismo ya acordado. Nada de elegir a un rector, a un intelectual serio de la masa universitaria, donde se cuentan por cientos. Ninguno de ellos está contemplado en el sainete. El gremio electorero, compuesto de polichinelas bien amaestradas, acepta sin chistar la línea, el sentido de su voto. Unos por la maestra Ruth Padilla, otros por Solís Gadea o por el médico Andrade. A Raúl Pérez y al ‘Cone’ los sacaron desde antes de la lista.  Los consejeros que votaron por los tres perdedores sabían de antemano que era un sufragio desperdiciado. Pero era parte de la farsa. Los mandaron no a batear, sino a dar un mero toquecito de sacrificio, para que el elegido llegara al home sin líos.

El ungido, el bendito, el sucesor, el nuevo gerente, es Ricardo Villanueva Lomelí. Rebasó sin dificultad la mitad de las boletas emitidas por el CGU y con eso se completó la formalidad de la farsa. Luego se le va a entronizar en el cargo. Ya recibió beneplácito del gobernador, de los alfiles de Padilla y de la masa indiferente. Después, se haga pública la nota o no, lo bendecirá y ungirá el capo, cuando le indique por dónde trotar. Es lo que marcan los cánones. Si ha funcionado el esquema por más de medio siglo, ¿para qué cambiarlo?

Ricardo, el nuevo gerente, no tiene alcances intelectuales de peso. Su historial en este campo es nulo. Un reglón de un solo libro de su factoría no existe. Y de existir, pronto se sabrá que le fue elaborado por amanuenses, para cubrir el expediente. Lo suyo es la grilla. Lo suyo es la abyección lacayuna a su patrón indiscutible e impronunciable, Padilla. Si lo ocupó en el PRD, echándole caballada al PRI, fue candidato del sol azteca. Si luego le ordenó el patrón que se pasara al PRI y anduviera de candidato a la alcaldía de Guadalajara, obedeció sin chistar, aunque perdiera. Si luego le dijo el jefe que no lo quería de mero regidorcito en la alcaldía de Alfaro, sino que lo haría rector del CUTonalá, para allá se fue. Ahora es el gerente general de la UdeG. Es camino manido para lacayos y Ricardo no sabe desobedecer. Ahí tiene su premio. La debacle de nuestra otrora señera casa de estudios que siga su desplome en caída libre hasta que toque fondo. ¿O ya estará en el subsuelo y ni cuenta nos damos?

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