Un paseo por el páramo universitario

Un paseo por el páramo universitario

Juan M. Negrete

Para entenderle mejor a los líos presentes de nuestras instituciones de educación superior (IES), demos un paseíto por los recovecos de los dineros con que se sostienen y su discusión sobre tales erogaciones.

A finales del 91, se reunieron en París los responsables del proyecto en materia educativa para América Latina [PROMELAC]. El director de la UNESCO declaró que tanto el Banco Mundial (BM), como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) reconocían a la educación como sector prioritario para la concesión de créditos. Los tiburones de las finanzas mundiales estaban dispuestos a invertir en las empresas educativas porque son actividades, como el comer o el dormir, que jamás dejan de atenderse.

En dicha reunión se dijo que el BM se comprometía con los programas de educación básica, mientras que el BID atendería las áreas de la educación superior. Al momento de la reunión, ya habían sido canalizados créditos muy importantes en este sector para diez de nuestros países, entre los que, desde luego, se encuentra México. Tan generosos se vieron que declararon estar dispuestos a abrir más sus carteras para estas tareas (El Occidental, Guadalajara, 21/X/1991). El futuro que le esperaba a la educación pública superior está ilustrado en esta historia.

Pero vayamos aún más atrás. El capítulo universitario fue muy especial para nuestra revolución,. Es quizás el más esclarecedor de lo que ocurrió con su triunfo. La Universidad Nacional fue abierta en 1910, a instancias de don Justo Sierra, por la necesidad palpada de cubrir una de las grandes lagunas de necesidades populares, de tantas que no se atendieron a lo largo del porfiriato. Los revolucionarios la miraban con recelo. Ello explica el sentido literal del artículo 13º, suscrito en la Convención de Aguascalientes, en 1914: emancipar la universidad nacional. ¿De quiénes o de qué? De los restos oligarcas enquistados en ella. Era muy reciente su creación como para que se engañaran con ella.

En 1912 fue fundada otra universidad, de la que poco se habla. Se llamó Universidad Popular y sólo estuvo abierta diez años. En 1922 fue clausurada, no por ineficiente o por absurda, sino porque los intelectuales progresistas entendieron que, si querían descentralizar la educación superior y llevarla a todos los rincones del país, tenían que llevar el modelo a los estados. Así que decidieron abrir universidades populares estatales, cerrando la del centro del país para no duplicar esfuerzos. En 1922 se abrió pues en Yucatán la primera estatal popular. Le siguió en 1923 la de San Luis Potosí. En 1925 se fundó la de Guadalajara. Y así consecutivamente. En los años setenta se contaba ya con 38 universidades públicas en el país. Habría que revisar con cuidado los pasos que se fueron dando para traicionar este proceso ascendente y señalar más bien cuándo fue frenado y tirado a la basura. Después de la fundación de instituciones educativas tan importantes como la Escuela Normal Superior (1936) y el Politécnico Nacional (1937), que ampliaron aún más el esfuerzo inicial, empezó a decrecer este impulso.

En el período de Ávila Camacho aparecieron las primeras universidades privadas, que a nadie le quitaron el sueño: la iberoamericana, la femenina y el tecnológico de Monterrey. En Jalisco, en pleno período cardenista (1937) se abrió la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG), debido a avatares muy propios del estado pero obedeciendo a la misma dinámica.

En 1973, con el echeverriato, apareció un modelo de universidad estatal (la UAM) destinado a competir con las universidades privadas. El viraje fue evidente. Poco a poco, las universidades estatales o públicas ya no obedecerían al modelo de la popular, que les dio origen. Entrarían ahora, completamente desnaturalizadas, al juego de la competencia con la privada. A la larga, las públicas serían idénticas a las privadas. En 1989, con Carlos Salinas de Gortari, se puso en marcha abierta el proceso de privatización de las 38 universidades públicas. En 1990, el gobierno federal reconoció como legal el estatus de las, hasta ese momento, 57 universidades privadas del país.

No ha prendido esta malhadada idea en toda su plenitud, tal cual la diseñaron los genios harvardianos de Salinas y secuaces. Escollo suficiente encontró en la fuerte resistencia popular, encabezada sobre todo por el gremio estudiantil. De acuerdo a lo que se percibió cada vez con mayor nitidez, el neoliberalismo de los últimos seis sexenios nos endilgó una receta acrítica, copiada como siempre al vapor de las universidades norteamericanas, para sustituirlas e injertarlas en nuestra realidad nacional, quepan o no, crezcan o no. Copiaron el modelo y lo insertaron aquí, sin importar las resistencias que pudiera generar dicho anticuerpo, si nos resultó demasiado ajeno.

En los países dueños del capital mundial, las IES son manejadas desde una perspectiva muy suya: una visión mercantil, proteccionista y militar. Una gran parte de sus investigaciones está orientada a las áreas armamentistas y a estudiar el predominio mundial mercantilista de sus países de origen. Por ello es que las IES gringas han estado aplicando, desde 1980, de manera obstinada las recomendaciones del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional para su política académica.

Este plan que, de manera simple, suele denominarse proyecto neoliberal, es relativamente sencillo. Consiste: a) en liberar al estado de la carga presupuestaria en el renglón educativo, y b) en alentar el financiamiento externo de las IES, vía la desgravación fiscal. Es una especie de reconversión en el terreno educativo. Hasta este momento la adopción del formato neoliberal ha cubierto ya a un 60% de las IES gringas. Una de las piezas claves de este viraje sustancial es el cambio universitario en la concepción clásica de la propiedad intelectual, para ponerlo al servicio o bien de las empresas (45% reconvertido), o bien a favor de la industria (40%). ¿Funciona igual con nosotros? Lo vemos más adelante.

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