Unis, la atomización inducida

Unis, la atomización inducida

Juan M. Negrete

En estas páginas le hemos estado dedicando la atención desde hace varias semanas a un asunto muy importante en la conformación de nuestros grupos humanos. Se trata, en concreto, de la tarea fundamental de la educación, en la que nos entretenemos millones de adultos. Y esto es decir poco. En realidad es una tarea tan absorbente que en ella se nos va la vida. No se trata de un juego distractor. Es una ocupación central que define o debería definir lo que somos.

Lo usual es que se distingan dos grandes etapas para el período formativo, visto de manera global. A uno lo llamamos “educación básica”, al otro “educación superior”. Cuando nos metemos a delinear con precisión los límites y alcances de cada uno de estos períodos, pronto caemos en la cuenta de que no siempre se trabajó con dos etapas y nada más. Al menos aquí en nuestro bello México, del tiempo del porfirismo o de la revolución para atrás, la población en general aceptaba esta dualidad como vigente. Es lo que se deriva de nuestras lecturas, pues ya nadie tiene experiencia vital propia de tales funcionamientos en nuestro presente. Se entiende que así las vivieron nuestros bisabuelos.

Se nos vino, a principios del siglo pasado, con los festejos del centenario de la independencia, la fundación de la universidad nacional. No nos preguntemos la razón de por qué había desaparecido del país esta figura educativa oficial, si en los años de la colonia hubo universidades establecidas y funcionando en toda forma.

De hecho, la primera universidad que hubo en el continente americano fue fundada en la nueva ciudad de México en 1554, si no nos traiciona la memoria. Lo que sí tenemos en firme en la mente es el dato de haber sido la primera institución de educación superior que tuvimos por acá. Con el paso de los años se fundaron otras, como la de San Luis Potosí y la de Guadalajara. Ésta última recibió el palmarés de su nacimiento en 1792 y se la debemos a la iniciativa del ‘fraile de la calavera’: Antonio Alcalde, propulsor de muchos otros inventos tapatíos.

Pero vinieron nuestras guerras civiles inacabables y los disturbios sin fin por nuestra independencia de la península ibérica y la definición de nuestra soberanía en la que se sacudió todo el zarzo de lo habido y por haber. Como se decían los clásicos antiguos, ardió Troya. Fue un incendio secular en el que perdimos hasta lo que no teníamos.

La remembranza de estas tragedias remite pues a la desaparición de las instituciones de educación superior que funcionaban en el país, que todavía no era país. Según algunos datos históricos, la universidad del centro del país, que era pontificia, fue desaparecida de un brochazo por don Valentín Gómez Farías, por cara, inútil, irreformable y perniciosa. Esp debió haber ocurrido por los años de 1833 ó 34, cuando ya no estaba nuestro horno para bollos.

La nuestra, conocida como ‘la de Guadalajara’, que no era pontificia sino literaria, dejó de mentarse en 1861. Lo mismo le ocurrió al resto de institutos universitarios en el resto del país. Desaparecieron sin dejar rastros. Aunque esta afirmación última no es del todo veraz. Sí quedaron escuelas superiores en donde se formaban los médicos, por ejemplo, en los hospitales públicos. También los abogados siguieron sosteniendo sus escuelas de jurisprudencia, que se ocupaban formar para tales oficios. Ingenieros constructores hacían lo mismo también. Pero paremos de contar, que no hay mucho de qué presumir.

Por eso se registra entonces como todo un acontecimiento de marras la reapertura o refundación de la universidad nacional en 1910 y la inmediata pugna por sus controles. Luego se fundaron, entrados a la pacificación de la revuelta revolucionaria, varias universidades públicas estatales, hasta consolidar su presencia en todas las entidades del país.

Lo que no estaba tan claro en el librreto eran los tiempos en que habrían de transcurrir los períodos formtivos o escolares. ¿En qué momentos de la edad de los niños concluía la etapa de su formación básica y cuándo ingresaban a los espacios de los claustros o de formación superior? Volviendo de nuevo la mirada a los reportes o testimonios históricos, vemos que en el año que corre se mienta lo del centenario de la fundación de lo que se conce como ‘la secundaria’. Bien sabemos todos que la etapa secundaria es la que continúa cuando se termina la primaria. Los nombres mismos lo indican. Pero tras muchas décadas de funcionamiento separado, ahora las instancias del gobierno que atienden el fenómeno educativo incluyen a ambas en el paquete de la ‘educación básica’.

Por orden de claridad, este mismo debate deberá revisar la etapa que conocemos como bachillerato, también nombrado como preparatoria. Nuestras universidades mantienen hasta la fecha la administración o el control de estas escuelas, previas al acceso a la educación superior. Pero ¿han de seguirse considerando como etapa de formación perteneciente a la esfera de la formación profesional adulta? Sigue siendo una asignatura que debe revisarse y ser aprobada.

Pero al llegarnos a lo propiamente entendido como el espacio de la educación superior, hay que citar a José Blanco, quien en el periódico La Jornada, nos proporciona la siguiente información, que es imperdible:

En la CDMX, se fundó además de la UNAM, el Poli y más tarde la UAM y la Universidad de la Ciudad de México y mucho más; casi nadie lo sabe, pero hay en CDMX 347 IES públicas y privadas. De acuerdo con la SEP, hay en el país alrededor de mil 100 IES públicas (universidades federales, estatales, tecnológicos e institutos) y más de 3 mil privadas, generales y especializadas.

(Los “rechazados” de la UNAM, José Blanco. La Jornada, 1°/IX/26)

Esta es la realidad difuminada y atomizada, a la que nos hemos de atener, si es que queremos detener en serio la lupa y el bisturí a la realidad para el fenómeno de la educación superior prevaleciente en el país. Desandemos atajos. Gracias.

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