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12 de octubre en Jalisco

12 de octubre en Jalisco

12 de octubre en Jalisco

Juan M. Negrete

Tras la buena lista de días festivos, con carácter de patrios, que nos deja el mes de septiembre, se venía antes para los escolapios una tanda de semanas sin interrupciones de nota. El veinte de noviembre había un desfilito deportivo, sin mayores aspavientos. De aquí hasta la gran suspensión por las posadas y festejos navideños. Aquí sí que se daba gallo no sólo el medio escolar, sino todo el público. Tan se vivía ambiente de asueto a nivel general, que se acuñó el ya famoso ‘puente’ mexicano Guadalupe – Reyes, que no necesita presentación.

De este período de labores normales, antes, destacaba una única interrupción: el 12 de octubre, día de la raza. Era tan festivo o conmemorativo como todas las festividades cívicas. Se conmemoraba el descubrimiento que hicieron unos navegantes españoles de nuestro continente. El líder epónimo de esta aventura fue el genovés Cristóbal Colón. Los señores hispanos que se apoderaron de todos estos territorios y sus riquezas, sometiendo a los pobladores que aquí se encontraron, pintaron su hazaña con nombres más que significativos o eufemismos, como se quieran entender.

Fue una labor de despojo, de apropiación de lo ajeno. Fue la imposición del derecho de conquista. Y aunque el discurso oficial hispano nunca dio su brazo a torcer, en el sentido de que fuera autorizada, en estos territorios conquistados, la esclavitud, en los hechos ésta campeó por sus fueros y se implantó en los hechos. Mucho se ha discutido en corrillos académicos y en tiradas de historiadores si el sometimiento de los habitantes autóctonos por parte de los inmigrantes europeos fue o no esclavitud. Podrían retomarse con calma los alegatos habidos, que no cesarán, y definirla como existente, solapada o abierta. No es el caso de retrotraerla ahora y menos en espacio tan reducido.

El hecho de que nuestro padre de la patria, don Miguel Hidalgo y Costilla, trajera en su carta emancipatoria, como primer objetivo revolucionario, la abolición de la esclavitud, debería poner a pensar con más detenimiento a todos los intelectuales que defienden el discurso nugatorio de práctica tan inhumana. No hay que darle más vueltas, por lo pronto. El hecho a revisar tiene que ver más bien con el dato de que a cinco siglos de la conquista, del sometimiento y despojo de nuestros ancestros, aquí se seguía festejando el arranque de prácticas tan inhumanas como ‘día de la raza’.

Se nos habló siempre de evangelización, de culturización, de ingreso a la civilización. Era el día de la hispanidad, por antonomasia. Era un discurso dirigido a mantener viva la idea de la superioridad de los advenedizos, con el señuelo de que habían venido a ‘educar’, a ‘culturizar’ a los naturales. No se oteaba ni el más mínimo sentido crítico de tales hazañas. Nada contaban las masacres habidas, las campañas de exterminio, del genocidio en suma, que habían desatado para apoderarse de los bienes aquí encontrados. Ni el más mínimo sentido de la solidaridad con el derecho de los pueblos aborígenes al desarrollo de su propia cultura. Era el día de la raza superior, que por supuesto fue la blanca, y la imposición de sus cánones, su cosmovisión, su religión, su lenguaje y sus hábitos de conducta, aunque despedazaran todo lo aquí armado y levantado, todo lo que encontraron a su paso.

Fue justo en las conmemoraciones del quinto centenario cuando se empezó a escuchar el discurso de la reivindicación de los naturales, de los pueblos autóctonos. La glorieta dedicada a Colón en la avenida de Las Américas, recibió por vez primera un pintarrajeo, que se calificó de insultante en primera instancia. No sabíamos que esta avalancha de contramarchas iba a crecer como marea inesperada, como un tsunami desconocido de pronunciamientos que ahora incluye disímiles banderas: el derecho siempre conculcado de las mujeres, el de los jóvenes, el del medio ambiente… no se diga de las banderías políticas que siempre son tremoladas y sostenidas por los brazos díscolos, por la rebeldía natural que da sentido a la vida misma.

Pero en Jalisco, aparte de este festejo, el doce de octubre nos trae otras dos conmemoraciones de nota. Una, muy ampulosa y socorrida, es la llevada de la imagen de la virgen a Zapopan. Su nombre más popular es el de la Generala. Tras un recorrido previo a los muchos templos de la ciudad, llega por fin el día once a la catedral metropolitana. Y, de ahí, en la mañanita del día doce arranca el regreso a su casa, a su residencia definitiva, que es la basílica de Zapopan. El público abarrota las calles hasta en tumulto, pues le acompañan a pie firme en su retorno. Se habla de unas doscientas compañías de danzantes que participan en esta peregrinación. Se da una guerra de cifras en el número de acompañantes. Unos hablan de un millón. Otros aventuran la cuenta hasta dos millones. Cuantos sean, el hecho real es que este día se paralizan los servicios normales de la ciudad. O sea que es una fiesta en forma.

El otro evento conmemorativo, muy nuestro, tiene que ver con el festejo de la reapertura de la universidad estatal. El día doce de octubre de 1925, don Guadalupe Zuno convocó a su equipo de intelectuales, denominado ‘Grupo Bohemio’, a concentrar en una sola institución todas las organizaciones docentes que mantenían viva la flama de las actividades profesionales. El ejercicio médico, las prácticas del oficio jurídico, los secretos profesionales de la construcción, la actividad docente misma y su profesionalización, vivían desparramadas. Así nació, con el nombre de Universidad de Guadalajara, una entidad señera, que no puede ignorarse a la hora de definir la personalidad de nuestro estado. Ya le pasaremos la lupa. Hoy cumple 94 años. Felicidades.

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