Hay una pregunta que desde hace años no deja de rondar mi cabeza y que, cada vez que escucho un nuevo debate sobre las personas trans, cobra aún más sentido: ¿por qué la sociedad solo habla de nosotros cuando quiere prohibirnos algo? Nunca parece ser el momento para hablar de nuestras capacidades, de nuestro esfuerzo, de nuestras historias de superación o de todo aquello que aportamos a este país. Casi nunca somos noticia porque una persona trans obtuvo un título universitario, porque abrió un emprendimiento, porque trabaja como ingeniero, docente, periodista, médico, artista o profesional en cualquier otra área. No ocupamos titulares cuando pagamos impuestos, cuando sostenemos a nuestras familias, cuando investigamos, cuando innovamos o cuando dedicamos nuestra vida al servicio de los demás. Sin embargo, basta con que una persona trans quiera estudiar, acceder a un empleo, practicar un deporte, cambiar un documento o simplemente vivir de acuerdo con su identidad para que aparezcan políticos, líderes religiosos, opinadores y miles de personas convencidas de que tienen el derecho de decidir qué podemos hacer con nuestras vidas. Es como si nuestra existencia solo despertara interés cuando alguien quiere limitarla, cuestionarla o convertirla en un problema.
Como hombre trans hondureño, muchas veces me pregunto en qué momento dejamos de ser personas para convertirnos en un tema de debate permanente. Porque eso es exactamente lo que ocurre. Hay personas que nunca han hablado con alguien trans, que nunca han compartido una conversación con nosotros, que desconocen por completo nuestras historias y, aun así, creen tener la autoridad suficiente para opinar sobre cómo debemos vivir. Se discute nuestra identidad como si fuera un asunto de interés público, cuando en realidad lo único que buscamos es algo tan sencillo como lo que cualquier ser humano desea: estudiar, trabajar, amar, construir un proyecto de vida y regresar a casa con la tranquilidad de saber que nuestra existencia no representa un motivo de odio para nadie.
Ser una persona trans en Honduras significa cargar una mochila que muy pocas personas alcanzan a ver. Significa crecer en un país donde todavía existen quienes creen que nuestra identidad puede corregirse, ocultarse o desaparecer. Significa caminar por calles donde el miedo muchas veces acompaña cada paso, acudir a un centro de salud sin saber si recibirás un trato digno o si antes tendrás que soportar burlas y preguntas innecesarias, buscar un empleo sabiendo que probablemente evaluarán primero tu apariencia y después, si tienen tiempo, tu experiencia profesional. Significa demostrar constantemente que eres capaz, que eres competente, que mereces estar en espacios que para otras personas nunca estuvieron en discusión. Es vivir sabiendo que muchas veces tendrás que trabajar el doble para recibir la mitad del reconocimiento.
Pero hay una realidad de la que casi nadie habla y que, para mí, representa una de las formas más silenciosas de violencia: estar dentro de un aula de clases siendo una persona trans. Muchas personas recuerdan la escuela o la universidad como una etapa de aprendizaje y crecimiento. Para muchas personas trans, esos espacios también pueden convertirse en escenarios de ansiedad permanente. Imaginen por un momento sentarse en un salón lleno de compañeros y esperar el instante en que el docente pase lista. Escuchar un nombre con el que no te identificas, un nombre que el sistema sigue utilizando aunque no represente quién eres, mientras el resto del salón gira la cabeza para observarte, intentando entender si «de verdad eres tú». Puede parecer un detalle insignificante para quienes nunca lo han vivido, pero para una persona trans ese momento puede sentirse eterno. No se trata únicamente de un nombre; se trata de sentir que tu identidad es puesta en duda frente a todos, de experimentar cómo unas simples palabras pueden hacerte sentir invisible o completamente expuesto. Hay estudiantes que dejan de participar en clase para evitar ser nombrados, que prefieren guardar silencio, faltar a ciertas asignaturas o abandonar por completo sus estudios porque el desgaste emocional termina siendo más fuerte que las ganas de aprender. Y cuando una persona trans abandona un aula, casi nunca lo hace porque le falte inteligencia o disciplina; lo hace porque el sistema todavía no ha aprendido a reconocer su humanidad.
Por eso me duele profundamente cuando escucho decir que las personas trans no aportamos a la sociedad. La realidad demuestra exactamente lo contrario. Somos profesionales, estudiantes, investigadores, artistas, emprendedores, ingenieros, comunicadores, abogados, diseñadores, personal de salud, deportistas y trabajadores que, todos los días, salimos de nuestras casas con el mismo objetivo que cualquier otra persona: construir una vida digna. Nuestra identidad nunca ha determinado nuestra capacidad para aprender, liderar, crear o transformar. Lo que realmente limita nuestro desarrollo no es ser trans, sino las barreras que otros deciden colocar frente a nosotros. Cuántas médicas habrá perdido Honduras porque una estudiante abandonó la universidad debido al acoso. Cuántos ingenieros nunca llegaron a graduarse porque el rechazo les hizo creer que ese espacio no era para ellos. Cuántas artistas, científicas, periodistas o docentes nunca pudieron desarrollar todo su potencial porque alguien decidió que su identidad era más importante que su talento. Esa es la verdadera pérdida de un país que todavía insiste en cerrar puertas por prejuicio.
Mientras tanto, resulta imposible ignorar una contradicción enorme. Honduras enfrenta problemas urgentes: violencia, corrupción, pobreza, desempleo, migración forzada, impunidad y profundas desigualdades. Sin embargo, siempre parece haber tiempo para discutir dónde puede entrar una persona trans, qué nombre puede utilizar, cómo debe vestir o si merece los mismos derechos que el resto de la ciudadanía. Nunca existe la misma urgencia para debatir por qué seguimos enfrentando tantas dificultades para acceder al empleo, por qué tantas personas trans abandonan sus estudios, por qué muchas son expulsadas de sus hogares o por qué la violencia continúa arrebatando vidas con tanta frecuencia. El problema nunca ha sido nuestra existencia. El problema ha sido una sociedad que, durante demasiado tiempo, ha preferido alimentar el prejuicio antes que conocer la realidad.
Y ese prejuicio tiene consecuencias. Los discursos de odio no se quedan únicamente en las redes sociales o en los micrófonos de un programa de televisión. Esas palabras terminan llegando a las escuelas, a las familias, a los lugares de trabajo y a las calles. Cuando durante años se repite que las personas trans representan una amenaza, que deben ser restringidas o que sus derechos pueden ponerse en discusión, se termina legitimando la discriminación. El rechazo comienza a parecer una opinión aceptable y la violencia encuentra un terreno fértil para crecer. Ningún grupo humano empieza siendo perseguido de un día para otro; primero se le ridiculiza, luego se le cuestiona y finalmente se le deshumaniza. La historia ya nos ha enseñado demasiadas veces las consecuencias de ese camino.
Yo soy un hombre trans, pero esta columna no habla únicamente de mí. Habla de miles de personas que todos los días luchan por estudiar, trabajar y construir un futuro en un país que constantemente les exige demostrar que merecen el mismo respeto que cualquier otra persona. No escribo estas palabras para pedir privilegios, porque los derechos humanos no son privilegios. Escribo porque estoy convencido de que Honduras tiene mucho más que ganar cuando deja de ver a las personas trans desde el prejuicio y comienza a verlas desde su potencial. El país necesita más profesionales, más investigadores, más emprendedores, más artistas, más docentes y más personas comprometidas con transformar nuestra realidad. Entre ellas también hay personas trans. Siempre las ha habido.
Y quiero terminar hablándoles directamente a mis compas trans. A todas mis compañeras, compañeros y compañeres trans que quizá lean estas líneas: no permitan que una sociedad llena de prejuicios les haga olvidar quiénes son. Sé que hay días en los que el cansancio pesa, en los que pareciera que cada puerta cerrada duele más que la anterior y en los que uno llega a preguntarse si realmente vale la pena seguir luchando. Pero sí vale la pena. Porque cada persona trans que termina la escuela, que se gradúa de la universidad, que consigue un empleo, que abre un negocio, que escribe un libro, que desarrolla una investigación o que simplemente decide vivir con autenticidad está demostrando que nuestros sueños siempre han sido más grandes que los prejuicios de quienes intentaron detenernos. Nunca permitan que el odio de otros defina el valor de sus vidas. Sigan estudiando, sigan preparándose, sigan creyendo en ustedes incluso cuando el mundo parezca empeñado en convencerlos de lo contrario. Cada logro suyo abre camino para otra persona trans que todavía no encuentra esperanza. Cada paso que damos rompe un estereotipo y demuestra que nuestra identidad nunca ha sido un obstáculo para alcanzar nuestras metas; el verdadero obstáculo siempre ha sido la discriminación.
Ojalá llegue el día en que las nuevas generaciones de personas trans no tengan que entrar a un salón de clases con miedo a escuchar un nombre que no las representa, no tengan que esconder quiénes son para conseguir un empleo y no tengan que justificar constantemente su derecho a existir. Ese día Honduras será un país más justo, no porque haya cambiado la vida de las personas trans, sino porque finalmente habrá entendido que la dignidad nunca debió depender de la identidad de género de nadie. Hasta entonces, no dejemos que nadie nos convenza de que valemos menos. Nuestra identidad no es nuestra debilidad. Nuestra historia tampoco. Son la prueba de que, incluso cuando todo parecía estar en contra, seguimos de pie. Y mientras sigamos de pie, seguiremos demostrando que el talento, la inteligencia, la capacidad y la humanidad nunca han tenido género.
Alex Izán Hernández
Activista Transmasculino de Honduras
alexizanhn@gmail.com




