Felipe Cobián Rosales
Quién lo pudiera creer. Andrés Manuel López Obrador y Enrique Alfaro Ramírez son tan parecidos pero divergen y están peleados. Ambos, al principio, caminaron juntos por la misma senda de la política y hasta parecían bien avenidos.
Desde antes de las campañas políticas se distanciaron, se contrapusieron.
El particular carácter de cada uno, tan contrarios a la autocrítica y tan susceptibles a la crítica de la opinión pública; autoritarios en el fondo; apasionados de la política, persistentes, tercos u obstinados hasta el fin, lo que tan puede ser una cualidad como un defecto –todo depende del manejo de su consciente o de su inconsciente; megalómanos con aquello de la cuarta o nueva República y lo de la refundación de Guadalajara, y ahora de Jalisco, por lo que compete a cada uno.
En su primer mensaje, AMLO ya dio luces de corregir errores, de reconciliación y apoyo a los más desvalidos.
Alfaro lo hizo, aunque en menor medida.
Ciertamente hay factores de agravio entre ambos elegidos. De Andrés Manuel hacia Alfaro aquel video en que invita a no votar por éste.
De aquí para allá –de Alfaro hacia Andrés Manuel– la supuesta traición a su proyecto, especialmente por esa extraña alianza o connivencia que estableció con Raúl Padilla López y que no se ve muy claro qué tanto le ayudó o lo perjudicó.
Una de las razones, si no de la antigua amistad (Peje-Alfaro), sí de su identidad partidista, fue precisamente la aversión que Enrique tenía hacia el cacique universitario. Había coincidencias.
De mantenerse cada uno en su raya, “sin interferencias” de la federación o de que hubiera poca o nula disposición de acercamiento y diálogo, de reconciliación entre uno y otro, Jalisco y sus habitantes saldrían perdiendo: la lucha contra la corrupción, la inseguridad y la impunidad quedarían en el olvido.
A la brevedad posible debe haber, al menos, atisbos de borrón y cuenta nueva por parte de ambos lados. La cuerda se rompe por lo más delgado.
Pienso que una de las condiciones que pondrá el futuro presidente a Enrique Alfaro para restablecer la confianza y luego la cooperación, será su deslinde con el dueño de facto de la Universidad de Guadalajara. Aquél sabe bien del proceder de este último desde que fue rector hace tres décadas.
Andrés Manuel conoce cómo Padilla impone y manipula rectores generales y de centros universitarios, nóminas de favorecidos, profesores de tiempo completo, maestrías, doctorados y becarios, frente a un sinnúmero de profesores por asignatura mal pagados.
Sabe también cómo opera el multimillonario presupuesto universitario, y el del Hospital Civil, que no siempre se destina a las cuestiones prioritarias de la educación y la salud.
La pregunta: ¿llegarán ambos mandatarios, el estatal y el federal, a ponerse de acuerdo, verbigracia, en este delicado problema para, algún día, darle una salida lo menos indigna posible a El Licenciado Padilla López y su Grupo UdeG?
De aquí dependerá mucho la credibilidad en el cambio… y en sus gobernantes.

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