Del atraco pensionario
Juan M. Negrete
Esta semana fue pródiga en focos de interés público. Tenemos vivos los espectáculos del fútbol. Mañana domingo veremos qué le depara la suerte a nuestra selección frente a la inglesa. Se dispersa la atención también con la campaña de desprestigio desatada por nuestra ultraderecha en contra de personajes destacados de la 4T, especialmente contra AMLO. La entrevista posfechada a Monsiváis es una carretada de estiércol. Nuestros hermanos del sur están padeciendo sismos tanto telúricos, como políticos. Venezuela con los primeros; Colombia y Perú con los segundos. Pero sigamos con nuestro sonsonete en torno a las pensiones, que es sismo de parecida similitud.
Ya dijimos que las pensiones pertenecen al bloque de los derechos, un derecho social derivado de la inversión de energía vital de cada uno de nosotros, para entregarse en la edad avanzada. Se granjea por estarla gastando en las tareas que dan vida al cuerpo social. Nada más, pero también nada menos. Atentar contra este derecho, al trocarlo en mera mercancía pecuniaria, es un atentado que grita al cielo.
Aclaramos también que está normado a partir de nuestra legislación laboral, contenida en el artículo 123° constitucional, en sus dos apartados, A y B. La del A da origen al IMSS y la del B, al ISSSTE. Pero dijimos algo más cruel: que quienes vivieron y gastan su energía en lo que se designa como economía informal, carecen de la protección de este derecho, lo que es otra ingratitud, aún más infame.
Muchos analistas, bien enterados de las minucias de estos renglones, coinciden en afirmar que el el espectro laboral de nuestra economía informal cubre el 50% de nuestra PEA actual. La mitad de nuestra gente laboriosa carece hasta de la expectativa de este derecho. O sea que estamos fritos y sin manteca. De manera que por más generosas que fueran las medidas para revertir el daño presente, en el concepto pensionario, la mitad de nuestros trabajadores seguirán horros de sus bondades, aunque sean mínimas. A la mitad de nuestra fuerza laboral se le mantiene alejada, apartada de esta conquista laboral tan regateada. Y eso dice mucho de lo mal que tenemos estructurada nuestra economía.
En los hechos concretos se constata que las distintas fórmulas, utilizadas para nulificar el derecho a una pensión digna, perfilan idéntica atrocidad a la de no poseerlo. Aquí debemos exponer como constancia que el derecho social a la pensión no nos vino como regalo del Olimpo, sino que fue secuela del triunfo cruento sostenido en los campos de batalla por nuestros abuelos. Fue producto de la revolución pues, aunque se haya esforzado la contra, o sea los patrones, en reducirlo y demolerlo. Es la ruta que vamos transitando.
Que queden claras entonces dos constancias. Una, muy cruel, que la mitad del espectro de nuestro mundo laboral no posee el derecho formal a gozar de una pensión. Quedó excluida y no se ve en el horizonte la opción positiva de que se le incorpore a otros formatos económicos que redunden en su obtención. Y la segunda, tan cruel como la anterior, que busca por todos los medios reducir tal derecho a su mínima expresión, tendiente también a desaparecerla. Estamos lucidos pues.
Con haberle cambiado su estructura de derecho consagrado a la de una mercancía que se rige por las leyes del mercado, ahora estamos metidos en el tobogán de los expedientes financieros, a los que sólo le hincan con provecho el diente los más pintados. La mayoría se queda como el chinito, nomás milando. Lo único que se capta con claridad es que los dividendos de la cartera pensionaria son cada vez más reducidos y que corren serio peligro de ser desaparecidos de nuestras manos el día menos pensado.
Al trabajador activo medio le entra en la cabeza la idea de que el monto de su pensión futura está ligado estrechamente al monto presente de su salario. De ahí que calcule que si su salario presente le rinde para su manutención y la de quienes le rodean, puede ser una cantidad válida para la etapa de su vida, cuando ya entre en los recesos finales.
Pero ahí es donde se nubla la visión. ¿Cómo entender que las administradoras de su peculio futuro, llámense Afores o como se les llame, tengan tasas risibles como la proclamada de entregarle una pensión equivalente al 30% de su percepción presente? Y ojalá esta asimetría fuera la única. ¿Cómo entenderle al dato duro de que sólo le devolverán en pensión estas cantidades esmirriadas en tanto dure lo ahorrado? Por eso nos dicen que, para garantizar una pensión duradera, hay que meterle más y más aportación en el presente. O sea que estamos comprando un seguro de vida demasiado caro y que tal vez ni así la libremos. Pudiera pasar que se nos dejara caer del cielo un ramalazo de mercado inesperado, como el sacudión en Venezuela, y ahí se nos acabe todo el corrido.
Los señores de estas economías tienen ya muchos años restringiendo el valor que se paga por la inversión de fuerza de trabajo. Lustros y décadas enteras han mantenido deprimidos los salarios básicos, que son la horma de medida para el monto futuro de la pensión. Le buscan de un modo y de otro, como la subcontratación, el charrismo sindical y más.
Veamos otra chicanada poco explorada. A la hora de firmar el acta pensionaria, la tasa del valor de ésta se nos permuta, de tablas de salarios mínimos a las de UMAs. Éstas van en detrimento de la cantidad a recibir en la pensión, de eso que ni duda nos quepa. Lo mismo hacían con lo de las tasas fijas, cuando las inflaciones pasadas estuvieron a todo lo que daban. Enfrentamos demasiadas chuecuras y vemos que cada día se les ocurren más y más, como lo de la eventualidad en los puestos de trabajo, los escalafones, las semanas de cotización y muchas otras variables a las que tardamos en hallarles su traza. No habrá que enfadarse entonces, sino aplicarnos a buscarles todos sus recovecos enconosos. Le seguimos.




