El bífido lenguaje de las armas

Juan M. Negrete

Tras casi mes y medio de reportajes y noticias, ligados a la conflagración bélica en Ucrania, poco a poco se vuelven rutinarias las escenas de destrucción y la conciencia colectiva termina dirigiendo la mirada a otra parte. No es espectáculo agradable, esto de contemplar seres humanos destrozados o infraestructura material hecha añicos por misiles dirigidos exprofeso con tal fin. Los espectadores terminamos cansándonos de semejantes pasajes. Obliga entonces buscar otra manera de enterarse de los acontecimientos llamativos, por estar al día. Una rara fatiga de la inercia.

Debe resultar complicado a los reporteros de guerra hacer que su público se mantenga atento a tal tipo de informaciones y mensajes. Les es necesario corren en tales escenarios con un amuleto permanente en el bolso, porque se ha vuelto frecuente la nota de que tales personajes sean alcanzados por la metralla letal y se encuentran con la muerte propia, a la que no andaban buscando. Por registrar el deceso de las víctimas, muchas veces terminan engrosando ellos mismos el listado de semejante padrón.

Pero no vayamos a semejantes casos, que no son tan insólitos. Veamos el trabajo profesional de los reporteros que sí logran mantenerse vivos en medio de las llamas y del fuego cruzado. Resultará una proeza que logren mantener atento a su público consumidor de estas noticias mórbidas. Por más acuciante y revelador que venga a ser su reportaje, el respetable termina volviendo su atención a otras parcelas de información, porque ya dijimos que no es costumbre sana la de mantener la atención pegada a los escenarios de la muerte y de la destrucción.

Tal vez se pueda explicar, con estas razones, cómo se ha ido corriendo la tónica sobre los bodrios informativos ‘occidentales’, inclinada a satanizar y a destapar el averno para descubrirnos toda la perversidad del alma de Vladimir Putin, el jerarca ruso, tomado como el causante unilateral y responsable total de tamaña destrucción y de tan aviesa protervia en contra del pueblo ucraniano, víctima inocente de toda esta campaña infernal en su contra.

Si algún medio se destaca en esta faena denostativa, porque casi todos mantienen la tónica, es (dicho desde una muy personal perspectiva) la cadena noticiosa gringa conocida como CNN. Se han convertido sus análisis y reportajes justo a la medida del deseo de lo que hemos de tragarnos a puñadas sobre aquellos acontecimientos. No es correcto suponer que alguien goce, estando en su sano juicio, con lo que ocurre a nuestros semejantes ucranianos. Pero eso de plasmar como verdad absoluta la tesis de que toda la inquina y todo el dolo soterrado que genera una confrontación bélica se le tenga que colgar a la sola arbitrariedad de un personaje descocado, a un gobernante desquiciado, y único, es más que un exceso. Y pretender que todo el público acrítico se trague semejante producto como veraz, es pretender también que no nos funcione el cerebro y que comulguemos con ruedas de molino.

Ni cómo quitarle un solo ápice de responsabilidad al tal Putin en estas jornadas sangrientas. Pero de eso a pintarlo como único, como causante unilateral y exclusivo, hay su distancia. Se parece mucho esta satanización presente a la que vivimos los mexicanos de mi generación en nuestra tierna infancia, allá a mediados del siglo XX, cuando dio arranque la llamada ‘guerra fría’, a la que con los acontecimientos actuales estamos viendo regresar.

Mal ajo si los chamacos de entonces entendíamos una jota por aquellos años de quién era Nikita Krushov y sus delfines del Kremlin. Y mucho menos íbamos a entender la razón por la que nos los pintaban como la reencarnación del mismo demonio, como vemos que se hace ahora con Putin. Es la misma vieja treta, aunque con caras nuevas. Así que cuando veíamos tapizadas las paredes de letreros que conjuraban la existencia misma del tal Nikita e invitaban a todo mundo a vomitarlo y a execrarlo, no teníamos recurso racional alguno como para entender la dinámica por la que estaban conduciendo los adultos a nuestra conciencia para su rechazo absoluto.

Por aquellos días los detractores de lo ruso enarbolaban en sus manos y tremolaban la banderola del anticomunismo. Todo lo que oliera a socialización o a inclinación anticapitalista, se nos presentaba como condenable. De manera que descalificar a Nikita, o a Fidel Castro, o al Che Guevara, venía siendo una pedrada que mataba dos pájaros. Con la faena presente no les sale adelante a sus promotores el mismo logro. Satanizar a Putin no conlleva al endiosamiento del capitalismo, sus honras y sus obras. Tras el mandatario ruso se esconde toda una caterva de oligarcas y barones del oro, dueños de la industria energética y de muchas otras empresas boyantes. Todo el litigio nos da a pensar pues que se trata de un motín por el botín.

El pequeño problema viene a ser precisamente que detrás de la OTAN, de la UE, de Biden y sus personeros, se esconde toda una cáfila semejante de autócratas capitalistas, señores de horca y cuchillo que han metido a la ‘población occidental’ bajo su férula, en la dinámica del atraco soterrado y la expoliación más descarada. Pero esta vez no hay banderolas ideológicas por agitar. Ya veremos a dónde va a ir a atracar la balsa colectiva con toda esta avalancha de mentiras y morbosidades sin cuento que tenemos que soportar. Y lo peor, sin arrugar la cara. Ojalá que ya se vislumbre, más pronto que tarde, una luz así sea tenue, a este túnel infame que estamos cruzando.

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