A las personas les gusta ver cómo el Mundial transforma el mundo. Les gusta que los restaurantes estén llenos, que las plazas se conviertan en puntos de encuentro, que las camisetas de las selecciones aparezcan por todas partes y que, durante noventa minutos, millones de personas compartan una misma emoción. El fútbol tiene ese poder extraordinario de detener ciudades, unir familias, romper diferencias y hacer que personas de distintos países celebren o sufran por un mismo resultado. No hay nada malo en eso. Al contrario, demuestra que todavía somos capaces de emocionarnos colectivamente. Sin embargo, cada vez que veo esa movilización me hago una pregunta que no deja de incomodarme: ¿por qué esa misma capacidad de organizarnos, de salir a las calles, de llenar espacios y de levantar la voz parece desaparecer cuando se trata de defender la vida?
¿Por qué somos capaces de saturar un estadio, un aeropuerto o una plaza para recibir a una selección, pero no hacemos lo mismo cuando una mujer desaparece? ¿Por qué el asesinato de una mujer o de una persona LGBTI no provoca la misma indignación colectiva? ¿Por qué las familias que buscan a una hija, a una hermana o a un ser querido tienen que hacerlo casi siempre en soledad? Pareciera que hemos aprendido a conmovernos con el espectáculo, pero no con el dolor de quienes esperan justicia. Nos emocionamos con un marcador, discutimos una alineación durante horas y convertimos un partido en tema de conversación nacional, mientras cientos de historias de violencia quedan relegadas a una noticia que olvidamos al día siguiente.
También pienso en los hombres trans. Si el Mundial pretende representar al mundo a través del deporte, también debería abrir espacio para quienes históricamente han sido invisibilizados. Los hombres trans también juegan fútbol, entrenan, se preparan, sueñan con competir al más alto nivel y tienen derecho a imaginarse en los escenarios más importantes del deporte. La pregunta no debería ser por qué un hombre trans debería jugar un Mundial. La verdadera pregunta es por qué seguimos construyendo tantas barreras que les impiden siquiera tener esa posibilidad. El talento, la disciplina y el esfuerzo deberían ser los criterios que definan una carrera deportiva, no la identidad de una persona. Un deporte verdaderamente universal también debería ser un deporte que refleje la diversidad del mundo que dice representar.
Y hay otro aspecto que revela cuánto nos falta por avanzar. No es la primera vez que la vida privada de un futbolista genera más conversación porque su pareja es una mujer trans que por su desempeño dentro de la cancha. Lo que suele ocupar titulares y redes sociales no es quién es ella como persona, cuáles son sus logros, su profesión o su historia de vida. Lo que parece importar es únicamente que es una mujer trans. Eso demuestra que seguimos convirtiendo la identidad de las personas en un tema de debate o de curiosidad pública, cuando en realidad debería verse con absoluta normalidad. Nadie debería ser noticia por amar, por acompañar a su pareja o simplemente por existir. Lo verdaderamente extraordinario sería que dejáramos de sorprendernos por ello.
No escribo esto para criticar el Mundial ni para decir que el fútbol es el problema. El deporte tiene la capacidad de inspirar, de emocionar y de unir como pocas cosas en el mundo. Lo que cuestiono es nuestra escala de prioridades. Ojalá la pasión que hoy mueve a millones de personas también pudiera convertirse en solidaridad, empatía y compromiso con las causas que realmente ponen vidas en riesgo.
Porque una sociedad no se define únicamente por aquello que celebra, sino también por aquello que decide no ignorar. Mientras la violencia, tanto letal como simbólica, contra las mujeres y las personas LGBTI siga siendo recibida con indiferencia, el silencio continuará protegiendo a quienes la ejercen.
El problema nunca ha sido llenar estadios. El verdadero problema es que seguimos dejando vacíos los espacios donde debería defenderse la vida. El día que una mujer desaparecida, una víctima de feminicidio o una persona LGBTI asesinada movilicen a la sociedad con la misma intensidad que una final del Mundial, ese día habremos entendido cuál era, desde el principio, el partido más importante.
Alex Izán Hernández Activista Transmasculino de Honduras alexizanhn@gmail.com
