Felipe Cobián Rosales
De manera muy anticipada, en su campaña electoral, Andrés Manuel López Obrador empezó a armar a su futuro gabinete y sus nombres fueron dados a conocer públicamente.
Sin duda lo hizo para que el elector se fuera dando cuenta de hacia dónde iba su futuro gobierno y la clase de colaboradores que tendrá.
Entre los propuestos hay sin duda gente preparada y algunos con larga experiencia en la vida pública, con trayectoria de aceptable a buena, aunque habremos de juzgarlos mejor una vez que estén en sus puestos, los más altos que habrán de alcanzar entonces.
No obstante hay muchos nombres de los propuestos que son desconocidos para la mayor parte de nosotros, pero sin duda se trata de elementos que reúnen las características apropiadas para el cargo y, sobre todo, que son de la confianza del virtual presidente de México o, al menos, de algunos de sus más cercanos colaboradores o consejeros.
Aunque para determinadas funciones, en particular para las más delicadas y que estarán bajo el escrutinio de todo mundo, lo más indicado sería que sus titulares fueran escogidos con lupa, y votados, por ciudadanos independientes de comprobada honorabilidad pública.
Entre los personajes enunciados para formar el gobierno morenista y que son poco conocidos fuera de su ámbito, destaca para mí –dado el papel preponderante que deberá jugar en la administración–, es el de la futura secretaria de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval Ballesteros.
De ella se dice, y hay que creerlo, que es socióloga y economista con maestría en estudios latinoamericanos y doctorada en ciencias políticas por la Universidad de California en Santa Cruz; que es experta en fiscalización, transparencia y rendición de cuentas.
Su currículum, además de ser parte del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, habla muy bien de ella. Sin duda tiene todo, o casi todo, para desempeñar bien esa titularidad.
En fin, por preparación académica no queda para que haga su deber y cumpla con la promesa más grande de López Obrador de terminar con la corrupción en la administración pública, particularmente en materia de licitaciones o contratos de obra pública, adquisición de bienes y servicios, etcétera.
Irma Eréndira ha dicho que no habrá más corruptelas como la de Odebrech, pero esta futura secretaria ¡está mentalmente preparada para eso? ¿Habrá dado ya muestras claras, fehacientes de su rectitud y honestidad? Lo ignoro.
Para investigar, fiscalizar y castigar al corrupto, tendrá primero que tener una convicción interna, intrínseca, a prueba de todo tipo de tentaciones de “cañonazos” de dinero y de prebendas.
No basta con ser esposa de un consejero (John M. Ackerman) del futuro presidente, compañera de partido o amiga directa de Andrés Manuel.
Tampoco es garantía de que todo hará con rectitud sólo por hablar del “del refrendo de la grandeza de Andrés Manuel” al desmantelar al partido cuasi único, como ella calificó a su futuro jefe tras su victoria.
A la hora de la verdad, lo que más cuenta en este puesto, si quiere finiquitar la irrelevancia que ha tenido la Función Pública, es la formación, convicción ética, moral, como ya lo hemos comentado aquí antes, para terminar con el cáncer de la corrupción e impunidad. Lo demás es palabrería.

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