Hay momentos en que un país se mira al espejo y lo que devuelve el reflejo no siempre es agradable.
En apenas unos días, Paraguay volvió a ocupar titulares internacionales por dos hechos que, aunque parecen distintos, forman parte de una misma historia.
Por un lado, la exsenadora Kattya González, una de las voces más firmes contra la corrupción y el abuso de poder, quedó definitivamente fuera del Senado tras la decisión de la Corte Suprema de mantener su expulsión del senado, que muchos juristas calificaron desde el inicio como contraria al debido proceso. No fue únicamente la salida de una legisladora. Fue el mensaje de que la crítica puede ser expulsada de las instituciones cuando incomoda al poder.
Por otro lado, una senadora paraguaya utilizó expresiones abiertamente racistas contra Kylian Mbappé después de la eliminación de la selección paraguaya en el Mundial. Las condenas fueron inmediatas en el ámbito internacional. Pero el daño ya estaba hecho: el racismo había hablado desde una curul.
No son episodios aislados.
Cuando una democracia expulsa a quienes fiscalizan al poder y al mismo tiempo, tolera que representantes públicos expresen discursos de odio, estamos frente a una misma lógica política: el autoritarismo rampante y racista.
Porque el autoritarismo necesita desacreditar personas y el racismo hace exactamente eso: convertir al otro en alguien menos digno, menos humano, menos merecedor de derechos.
No es casualidad que ambos fenómenos convivan.
Las democracias no se erosionan únicamente con golpes de Estado. También se desgastan cuando las reglas dejan de aplicarse para todas las personas; cuando la justicia parece responder a intereses políticos; cuando la diferencia se castiga; cuando el odio se normaliza desde las instituciones.
Como feministas conocemos bien ese mecanismo.
Primero se ridiculiza a quien denuncia. Después se le desacredita. Más tarde se le excluye. Finalmente se intenta convencer a la sociedad de que nunca debió estar ahí.
Eso ocurrió con Kattya González.
Y esa misma lógica permite que una representante popular crea que puede recurrir al racismo para explicar una derrota deportiva sin comprender que quien pierde no es únicamente ella, sino la imagen democrática de todo un país.
Paraguay tiene una larga tradición de luchas democráticas, de movimientos ciudadanos, de mujeres que han enfrentado dictaduras, corrupción y exclusión. Esa historia merece ser reconocida y defendida. Precisamente por respeto a esa tradición, resulta imprescindible denunciar los retrocesos cuando ocurren.
Las democracias no solo se miden por la existencia de elecciones.
También se miden por su capacidad para proteger a las minorías, respetar a la oposición, garantizar el debido proceso y rechazar cualquier forma de discriminación.
Cuando esos pilares empiezan a resquebrajarse, las alertas deben encenderse.
Porque el racismo nunca llega solo.
Y el autoritarismo tampoco.
La expulsión de la senadora Kattya González y los comentarios racistas de la senadora Celeste Amarilla son expresiones de un mismo problema: el deterioro democrático y la normalización del autoritarismo en Paraguay.
Dra. María Guadalupe Ramos Ponce
Coordinadora Regional de CLADEM
Profesora Investigadora de la UdeG.
@dralupitaramosp
lupitaramosponce@gmail.com
Canal de Youtoube Dra. Lupita Ramos.
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