Felipe Cobián Rosales

29 de junio de 2022.- Con esto de la inseguridad nacional y el efecto multiplicador que ha tenido la violencia, fruto de la impunidad rampante y ésta, deriva de la añeja corrupción que de una u otra forma afecta a todos, nuestros gobernantes exhiben una epidermis en extremo delicada que los desquicia, los desborda y los vuelve peligrosos.

El detonante que trascendió a todo el mundo y llegó hasta el mismo Vaticano que hizo exclamar al Papa Francisco “¡cuántos asesinatos en México!”, fue el crimen de sus hermanos de congregación, los sacerdotes jesuitas Joaquín César Mora Salazar y Javier Campos Morales y del guía de turistas, Pedro Eliodoro Palma Gutiérrez en el interior del templo de la misión de Cerocahui, en la sierra Tarahumara,  cuyos cadáveres raptó el mismo malhechor ligado al narcotráfico y fueron localizados hasta tres días después.

En el sepelio de los sacerdotes que ya el pueblo rarámuri llama mártires, la Compañía de Jesús, demandó del presidente Andrés Manuel López Obrador el cambio de estrategia contra la inseguridad. En nombre de dicha comunidad, el padre Javier Ávila pidió que “revise su proyecto de seguridad pública; es el clamor popular porque los abrazos ya no alcanzan a cubrir los balazos”.

Antes, la Conferencia del Episcopado Mexicano en voz de su secretario general, el obispo de Cuernavaca, Ramón Castro y Castro, había dicho: “Nuestro México está salpicado de sangre de tantos muertos y desaparecidos, entre ellos 27 sacerdotes, incluidos los padres jesuitas que han sido asesinados por el crimen organizado, identificándose así con las miles de víctimas de nuestro pueblo que han tenido este fin, junto con las decenas de miles de desaparecidos, a quienes sus familias siguen buscando.

“Ahora como nunca, el dolor de la cruz se vuelve más intenso, con tanta sangre inocente derramada a lo largo y ancho del país, los índices de violencia y sus estructuras de muerte se han desbordado e instalado en nuestras comunidades, desfigurando a la persona humana y destruyendo la cultura de paz.

“Al lado de nuestro pueblo esperamos una respuesta a la altura de las circunstancias por parte de las autoridades civiles en todos sus niveles, es responsabilidad de quien gobierna, procurar la justicia y favorecer la paz y la concordia en la convivencia social, esa realidad de violencia golpea”.

En su mañanera del lunes, el Presidente, respondió fuerte y rechazó cambiar la estrategia de “abrazos y no balazos” y dijo que todos olvidan las matanzas y masacres de antes y “lo olvidan incluso los religiosos, con todo respeto, y no siguen el ejemplo del Papa Francisco porque están apergollados por la oligarquía mexicana”.

Mientras tanto, en otro orden, aunque del mismo tema de inseguridad, un día antes, el domingo 26, tras su misa dominical en la Catedral, el arzobispo de Guadalajara, cardenal José Francisco Robles Ortega, dio a conocer que poco antes de llegar a Totatiche, recientemente fue retenido y revisado por civiles armados. Al mismo tiempo denunció que el crimen organizado cobra derecho de piso en las fiestas patronales de la Zona Norte de Jalisco.

Días antes, se supo que el obispo de Zacatecas, Sigifredo Noriega Barceló fue detenido brevemente en Huejuquilla el Alto, Jalisco, por un grupo de encapuchados armados cuando se dirigía a visitar Tenzompa en la zona huichola o wixrárika.

Ayer martes, el gobernador Enrique Alfaro, al tiempo que negó que en el estado haya retenes de la delincuencia organizada, recriminó al cardenal haber informado tal cosa a los medios de comunicación antes que presentar una denuncia formal.

Subrayó que “en el estado de Jalisco no hay ningún tipo de retén de grupos criminales en las carreteras. En este estado está garantizada la libertad de tránsito(…) Nos extraña mucho, que se haya hecho una declaración mediática y no una denuncia formal en su momento(…) y no hay un solo punto en el que haya algún tipo de retén”.

La cuestión aquí no es que en el momento en que Alfaro daba la conferencia hubiera algún retén de esta naturaleza, pues son intermitentes. El hecho es que sí ocurren y esa es su responsabilidad.

Yo estoy seguro que el cardenal Robles Ortega no miente. ¿Qué propósito tendría? Simplemente está diciendo lo que ocurre en su jurisdicción diocesana, y lo hizo, sin duda, porque le preguntaron el caso de Noriega Barceló.

Por otra parte, el prelado no tiene porqué presentar denuncia cuando este asunto de los retenes clandestinos y velar por la seguridad de la ciudadanía se debe hacer por oficio, y ese oficio es precisamente el de quien gobierna y tiene que hacerlo por todas las personas, sin excepción.

Prudencia, ante todo, es lo que deben tener quienes nos gobiernan y, en este caso, el primer mandatario y Alfaro.

(Foto: El Economista)

Comentarios