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La hora de las féminas

La hora de las féminas

Por andar ocupado en la serie de artículos anteriores relativos a nuestra pobreza y al complicado asunto de nuestras pensiones, con cierta tristeza vi llegar y pasar de largo la jornada feminista vivida en nuestro país lo días 8 y 9 de marzo. Aunque la tristeza aludida pierde su fuerza al ver la euforia y el entusiasmo con que lo abrazaron nuestras mujeres, por ellas mismas, ya que son las directamente afectadas e interesadas. Eso tiene que celebrarse.

Desde el rincón de los machines no nos queda otra tarea positiva que alegrarnos de que nuestras compañeras cojan sus bártulos y salgan a la calle a manifestarse, a corear sus consignas, a alzar la voz y, de ser posible, el vuelo. Ya no se trata tan sólo de reclamar presencia en la comuna, que la tienen y fuerte, sino izar y enarbolar las banderas que agitan ellas aquí, allá y acullá, todos los días y en todos los tonos. Reclaman la equidad de oportunidades, la no discriminación por razones de género, un lugar decente en cada uno de los espacios que se van abriendo, sean escuelas, oficinas, puestos laborales, sindicales y los complicados en el oficio político, que es tan diverso. Los mirones, sus varones compañeros, no tenemos otra que concederles la razón, si es que todavía no nos caía el veinte de la validez de sus reclamos.

Es increíble que a estas alturas haya todavía discursos machistas, antifeministas, antimujeriles, como el que exhibió con toda energía el famoso cardenal tapatío, Juan Sandoval Íñiguez. Sólo porque lo oímos y hasta vimos, lo creemos. El apodo de ‘cavernal’ nunca le vino mejor. Como anillo al dedo. Se excusa este personaje en levantar bandera para dizque denunciar que lo que hay de fondo en la alharaca femenil presente viene siendo lo de la despenalización del aborto y párenle de contar. Seguramente para este prelado y para todos los clérigos que comulguen con su atávica prédica, nuestras compañeras no han salido de la esfera restringida de la procreación, único oficio que han de y deben desempeñar en este mundo.

Podría ser una explicación que se diera a tan burdo discurso, sacado de la manga y puesto a circular casi en los meros días de la jornada mundial de nuestras féminas. Pero resulta extraño, aunque sea de todos conocido, que se le acerquen los micrófonos a estos personajes para oírles perorar estos discursos cavernarios, cuando ellos mismos se ostentan y hasta lo presumen como estatus virtuoso su hábito del celibato. O sea que no desean o de plano renuncian al contacto vivo e interactuante con el mundo de las mujeres. Entonces ¿cómo exigir que se le halle coherencia a lo que proclaman en sus discursos, si abiertamente se abstienen, estos propaladores tonsurados, de cualquier experiencia vital con el bello sexo? Peores disparates no se pueden montar para el consumo público. ‘Cosas veredes’ le hubiera dicho don Quijote a Sancho, de haberse topado con galimatías tan obtusos.

Nuestras mujeres tienen frente a sí un muro casi infranqueable. La fortaleza del patriarcado en el mundo sigue siendo granítica y no ofrece aún fracturas u oquedades visibles. Por supuesto que, como cuenta la leyenda bíblica que le pasó a las murallas de Jericó, se va a desplomar. Pero aún no está en el suelo, ni hay visos siquiera de que empiece a desmoronarse. Nuestras mujeres seguirán con su demolición, porque ya empezaron y porque no están jugando. Se pusieron con Sansón a las patadas y lo van a tundir hasta que lo rindan. Es lo que veremos en el desarrollo de los años venideros.

Pero como toda revolución, no es tarea sencilla. Nuestras mujeres son empecinadas y no se arredrarán. No plegarán bandera. Las conocemos bien. Son nuestras madres, nuestras hermanas, nuestras compañeras. Y más vale que nos pongamos de su lado, no por mero oportunismo, pues al final saldrán avante y conseguirán realizar su sueño. Lo vale porque tienen razón. Porque nuestras sociedades se construyen con hombres y mujeres, porque reproducimos la vida a cuatro manos, junto con ellas. Nos son tan indispensables como el aire para respirar. No existiría el mundo humano, de no ser por la presencia indispensable en él de nuestras mujeres.

La enorme injusticia histórica que han corrido en el planeta, desde la instauración del patriarcado, debe concluir ya y lo van a conseguir. Identificaron al ogro a vencer y lo van a doblegar. Aunque no será, como decían nuestros viejos, un mero baile de carquís. Se emplearán a fondo, como lo están haciendo muchas de ellas, una multitud de ellas, en todo el mundo. Hay desde luego puntos oscuros, como en toda lucha, sobre los cuales llamar la atención y parapetar defensas correctas. Por citar uno como ejemplo, eso de suponer que todo varón, por el solo hecho de serlo, es enemigo de todas las mujeres.

Esta forma miope de plantear el problema genera serias dificultades, que complican la visión integral del asunto. Debe haber muchas mentalidades masculinas arcaicas, que consideren que el varón, por serlo, es el amo y señor de lo creado y de lo que esté por crearse. Pero de ahí a que todos los varones sean el enemigo a vencer, es un punto de discusión que hemos de abordar con nuestras mujeres en pie de lucha. No es tampoco la única dificultad. Como ésta hay que ventilar muchas otras sutilezas, que irá arrojando el calor de la confrontación. Pero de que han de contar con que los varones estaremos a su lado en estos generosos combates, ni siquiera hay que ponerlo en duda. Un abrazo pues a todas nuestras valientes damas combativas y, como lo dijera el valiente Che: hasta la victoria siempre.

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Publicado por Enrique Alfaro Ramírez en Sábado, 30 de mayo de 2020

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